sábado, 24 de diciembre de 2011
Carta a Papá Noel
Querido Papá Noel:
Este año he sido muy bueno. Como ves, he mejorado mucho en lo de escribir. Eso es porque ya estoy en tercero de primaria. Mi profe dice que soy un niño listo y obediente, pero como tú lo sabes todo, ya estarás enterado de que también soy algo despistado: a veces no hago los deberes o me dejo el cuaderno en casa, sobretodo si pasan Cosas Malas.
Me como todo lo que me dicen las cuidadoras del come o mi mamá. Bueno, casi todo, pero lo que me dejo es porque todo el día tengo angustia y no me apetece llevarme nada a la boca.
Sé que sigo mojando la cama después de tener una pesadilla o de escuchar Cosas Malas, pero al menos limpio yo solito las sábanas.
Con mi hermanita Nuria me porto muy bien: comparto mis cosas, juego con ella y le enseño a tratar bien a sus muñecas (aunque no me hace caso). La cuido todo lo que puedo y trato de hacerla reir cuando pasan Cosas Malas.
Por todo eso, creo que me merezco un regalo muy especial. Este año no quiero pedirte juguetes. Sé que todos los niños de mi cole van a pedir juguetes. La mayoría quieren juegos para la Wii o la Nintendo DS. Algunos prefieren Legos, el Saxo McQueen teledirigido, figuritas de Bob Esponja... Y casi todas las chicas quieren a las Monster High y sus accesorios. Pero yo no quiero jueguetes. Los juguetes pueden comprarse con dinero, y el dinero lo pueden conseguir las personas. Lo que yo quiero es algo que sólo puede conseguir alguien mágico, igual que tú. No te enfades si no te gusta la idea, ¿vale?
Quiero que te lleves a mi papá. Sé que los niños buenos tienen que querer a sus papás, pero yo estoy cansado de querer al mío. Estoy cansado de seguir queriéndole aunque le grite a mi mamá. Aunque llegue borracho y con manchas de pintalabios rojo, y luego le diga a mi mamá que busca fuera de casa lo que no le da ella, porque ella es una inútil que está gorda y que la comida que hace es una M, y la llama la palabrota más grande, esa que empieza por la letra P. Me canso de quererle aunque todas las noches tire a mi mamá sobre el suelo, y le quite la ropa y le haga cosas que no entiendo mucho pero que sé que ella no quiere hacer, sobretodo cuando Nuria y yo estamos despiertos. Me resulta agotador quererle cuando esucho PLAF, PUM, PLAF, ZAS, en la habitación de al lado, y al día siguiente mi mamá tiene morados por toda la cara y en los brazos. Me quedo sin fuerzas para quererle cuando imagino que mi mamá se está rompiendo, igual que se rompen las muñecas de Nuria cuando ella les estira del pelo y les pega. No puedo quererle si por su culpa mi mami va a ser una muñeca rota.
Perdóname, Papá Noel, pero ODIO a mi papá. Aunque eso me convierta en un mal niño, a ti no puedo mentirte. Odio que diga a los familiares, a los amigos y a los vecinos cuánto nos quiere y cuánto trabaja para darnos lo mejor. Y odio que toda esa gente diga que es un buen hombre. Lo siento, de corazón. No quiero ser malo. Pero menos le quiero a él.
Por eso te ruego que te lo lleves, aunque nunca vuelvas a regalarme nada más por haber sido malo ahora. Pero si te lo llevas, te aseguro que después sólo podré ser bueno: no tendré nada de que preocuparme, así que nunca me olvidaré de los deberes. Como no tendré angustia, jamás me dejaré nada de comida. Como se acabarán mis pesadillas, no volveré a ensuciar la cama. Y como Nuria ya estará feliz, me saldrá genial lo de enseñarle a tratar bien los juguetes.
Papá Noel, sé bueno conmigo estas Navidades en las que yo estoy siendo malo, y yo dejaré de serlo en cuanto acaben de pasarnos Cosas Malas. Por favor.
Besos para ti y para los renos.
Firmado:
Javi
viernes, 15 de octubre de 2010
El móvil
A veces llevaba razón él en los enfados. Otras ellas. Pero de cualquier forma, siempre era la muchacha quien debía dar el primer paso a la reconciliación. Y él quien se hacía de rogar hasta que decidía aceptar sus disculpas. Miguel era español, y como tal, había hablado siempre la lengua castellana, pero aún así nunca había aprendido a decir “perdón” en ese idioma.
Al principio, ella solía llamarlo justificándose y rogando que olvidaran los rencores, pero él le contestaba con ironías y soberbia, por lo que se prometió a sí misma que, por más que doliese, jamás volvería a arrastrarse ante él. Así que comenzó a hacer algo peor: dejaba que fuese él quien regresara cuando se le antojara y ambos fingían que no había pasado nada. Ni siquiera tenía derecho a preguntar qué hacía su novio en sus improvisadas ausencias, ya que de ese modo sólo conseguía volver a provocar su enojo.
En resumen, cuando la chica reclamaba el perdón, él no se lo concedía sin humillarla cuanto podía. Pero si era Miguel quien tenía ganas de buen humor, quedaba impune sin siquiera formular una disculpa.
En esas estaba aquella tarde, casi anocheciendo: sola, en casa, con la tele encendida pero manteniendo fija la mirada en la pantalla del móvil, malgastando sus esperanzas en vano. De pronto, la luz se encendió. Ilusionada, leyó el nombre de la llamada entrante, para llevarse un chasco: era Noelia, una de sus mejores amigas. Habían quedado todas para cenar esa noche. Ella sería, como de costumbre desde que empezó a salir con Miguel, la única que iba a faltar, así que estaría bien que acudiese. Aunque fuese por una vez. Ante el tonito de reproche de Noelia, acabó accediendo. Se arregló rápidamente y bajó al punto de encuentro.
En la cena tomaron vino. Ella no estaba acostumbrada a beber, por lo que enseguida notó los efectos del alcohol. Ahogó en él a duras penas el recuerdo de su pareja y de cómo la ignoraba, al tiempo que se dispuso a regalarse esa noche solamente a sí misma.
A la mañana siguiente, se despertó con una inusual resaca y pasó varias horas llorando, aumentando así su jaqueca, por la inexistente llamada de Miguel. Entonces oyó el tono de su móvil. De nuevo, se abalanzó desesperada sobre él, y de nuevo cayó en un pozo de desilusión: era un número desconocido.
“Igual me llama desde otro teléfono”, pensó, y descolgó el aparato con una llamita de esperanza. Ésta se vio truncada cuando, al otro lado de la línea, sonó una voz masculina, pero no la que ella deseaba escuchar. Su interlocutor le dijo que era un chico al que habían conocido ella y sus amigas la noche anterior. Vagamente recordó a Eric, un joven morenito, no muy guapo pero con una sonrisa sincera y afectuosa a quien contó, al borde de las lágrimas, su historia con Miguel. “Qué vergüenza”, pensó sonrojándose. Aunque se tranquilizó cuando recobró otro recuerdo: Eric también le había hecho a ella la confesión de que hacía varios meses que su chica lo abandonó y desde entonces estaba bastante hundido. Aunque resultase cruel, se sentía reconfortada por no ser la única pringada que se enamorase de alguien que no se merecía ese amor.
Mientras pensaba en todo esto, no se dio cuenta de qué le decía su nuevo amigo. Le dijo que si podía repetirle la pregunta, y él le contestó con una invitación a tomar algo esa tarde. “A no ser que te haya llamado ya tu novio”. Ella eludió esa información y contestó sólo que no le venía muy bien. “Resaca”, alegó.
La llamada se repitió los dos días siguientes, y ella siempre rechazaba la idea de quedar con él, poniendo excusas absurdas. Aún así, las tres llamadas fueron largas. Eric hacía reír a la chica. Sin embargo, pasaba toda llamada en tensión por si justo en ese momento a Miguel le apetecía hacer las paces, la llamaba, y la encontraba comunicando.
Tras cuatro días sin saber nada de él, se sorprendió que esa mañana, al despertarse, el nudo de su tripa era más débil, y que el anhelo de que Eric la llamase era directamente proporcional a la desilusión porque Miguel no lo hacía.
Justo en ese momento, sonó el timbre de la puerta. Fue a abrir y se encontró cara a cara con Miguel.
-Hola, nena. ¿me has echado de menos?- espetó sin mirarle a los ojos al tiempo que la abrazaba. Ella se zafó de su abrazo. Siempre le había dejado hacer y se llenaba de alivio cuando él volvía así. Pero esa vez no. Sólo pudo sentir repulsión.
-¿De menos? Lo que llevo es tres años echándote de más – él la miró, estupefacto-. Mira, Miguel, lo nuestro se ha acabado. No puedo pasarme días esperando que llames o aparezcas. Debo vivir mi vida, no la de alguien que sólo se preocupa por la suya.
Y le cerró la puerta en las narices.
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En la otra punta de la ciudad, Eric marcó el número de la chica. Gruñó algo y lo borró. Ya la había llamado tres veces, no quería ser un pesado. En el fondo sabía que lo rechazaba con excusas, pero quería creer que de verdad tenía compromisos que le impedían tomar con él un triste refresco. Además, ella tenía novio. No le gustaba meterse en medio de una pareja, pero sabía, por lo que ella le había contado, que él no la merecía. Ningún hombre capaz de hacer llorar a su chica merece su amor. Resignado, pensó: “Otra más que echa su vida por la borda por no perder la estabilidad de un novio que, posiblemente, pase muchos años a su lado. Jodiéndoselos todos”. Suspiró. Ni era la primera ni sería la última, tampoco iba a ser él el superhéroe que la rescatase de una existencia infeliz. Así que decidió no volver a llamarla. Y se sintió fatal porque la chica era, de verdad, muy buena.
Justo en ese momento, sonó su móvil. Miró la pantalla y vio que era ella. Sonrió mientras cogía la llamada que supondría el inicio de su nueva y feliz vida.
domingo, 18 de julio de 2010
Culpable. Segunda parte.
No lo logro comprender. Hemos tenido un día perfecto, y por culpa del alcohol, tiene que estropearse. Ojalá no bebiese nunca más... Vale, no suele hacerlo, pero es que cuando bebe más de la cuenta, se vuelve de un paranoico...
¿Es normal que se enfade por esa chorrada? Es cierto que nos hemos reído de él porque se quedase durmiendo de pie, pero es que no es para menos... Es ridículo... Y no voy a llorar, ¿no? ¿Qué quiere que haga? Pues reirme de él, por payaso. Ay, si no fuese tan bueno y dulce en circunstancias normales...
¿Dónde estará? Hace diez minutos que salió del pub y no lo encuentro. Seguro que está cerca de su portal, ya. No debería haberme parado a recoger el bolso, así no le habría perdido el rastro. De todas formas, lo habrían recogido mis amigas de la percha del pub y me lo darían mañana. Ahora tengo el bolso, sí, pero como Darío esté dentro de su piso y dormido, a ver quién lo despierta... Y mi casa está muy lejos para ir andando ahora. Ojalá no me hubiese parado por el bolsito de las narices... Aunque él no quería que lo siguiese, se hubiese enfadado más, ahora seguro que de la cogorza que lleva ni se acuerda de que está enfadado y me abraza como si tal cosa. Mejor así, odio el nudo que se empeña en vivir en mi estómago cuando él me grita o me dice cosas que duelen. No soporto que esté enfadado conmigo.
Ya estoy llegando, veo el portal. Y ese chico... ¿No es Darío? ¿Qué hace sentado en la escalera? Madre mía, está hecho polvo. Le digo que qué ha pasado, aunque es evidente si miro al suelo: ha echado hasta la primera papilla. Menuda impresión más positiva para los nuevos vecinos. Me mira sonriendo. "He bebido demasiado, princesa". El corazón me da un vuelquecito de alivio. Al menos se le ha pasado el mosqueo. Pero tengo que ser dura, ahora debo mostrarme enfadada yo. Primero, por liármela en el pub. Segundo, por haber bebido hasta vomitar. Y tercero, porque me va a tocar a mí llevarlo a casa, quitarle la ropa y bajar a fregar esto antes de que los vecinos crean equivocadamente que el nuevo residente del edificio es un borracho. Además, sin cobrar un céntimo, sólo por amor al arte. O mejor dicho, por amor al artista que ha "pintado un abstracto" en el suelo del portal.
Con esfuerzo, lo llevo hasta el 5º, le saco las llaves del bolsillo, abro y lo tumbo en la cama. Él colabora todo lo que puede, pero no es mucho, la verdad. Le quito los zapatos y la ropa. La dejo toda esturreada, se merece algo de trabajo para mañana: nunca está de más ordenar la casa con resaca si te has portado mal. Preparo mi pijama y mi cepillo de dientes para cuando vuelva de hacer de chacha. Cojo la fregona y el cubo lleno de agua turbia (en la fiesta han habido un par de vuelcos de vasos y paso de cambiar el agua, demasiado estoy haciendo por este pequeño trozo de alcornoque), y bajo por el viejo ascensor. Ya en el portal, suspiro de rabia y me pongo a evocar a Cenicienta. El final perfecto para un sábado que habías planeado con ilusión, Laurita. ¿Podría ser peor?
Justo entonces se abre la puerta y entran a la finca tres chavales de unos dieciséis años, también cargaditos de alcohol, y me doy cuenta de que sí, de que todo puede empeorar SIEMPRE. ¿Qué he hecho yo para merecer tanto niñato borracho esta noche, Dios mío?
Los chicos empiezan a atosigarme. Quieren que le dé un beso al que parece ser el líder. Les digo que prefiero morirme antes que rozar su cara con un palo. No tengo el ánimo como para aguantar tonterías de nadie. "Pues si prefieres morir", contesta el chaval, "tranquila. Cumpliremos tu deseo".
Me río por el atrevimiento del fantoche éste, pero justo entonces el más grandote me agarra los brazos mientras el líder me sujeta la cabeza con fuerza. El tercer chico se queda atrás, observando con expresión de horror lo que me hacen los otros dos. Clavo mis ojos fijamente en los suyos, suplicando ayuda con la mirada, y es entonces cuando me doy cuenta de que es más pequeño que los otros, no pasará de los trece años, y se parece mucho físicamente al vacilón que aprieta mi cráneo.
"Déjala, tete. Tiene miedo, pobrecilla. Ya te han besado cinco esta noche, has superado la apuesta de Héctor. Deja a esta chica". Súplicas, súplicas y más súplicas de un niño con más sentido de la responsabilidad que su hermano mayor. De un niño que ha sabido ver el miedo en mis ojos y ha escuchado el ritmo frenético de mi corazón sólo con fijarse en mi cara. Súplicas desatendidas.
"Las mujeres deben aprender a medir sus palabras, Fran. Esta zorrita debe pagar por haberme humillado". Acto seguido, golpea mi cabeza tres o cuatro veces contra los salientes de la pared. Noto la sangre manchando mi pelo. Mi pelo largo, que tanto gustaba a Darío...
Caigo al suelo medio inconsciente, y el desgraciado que me ha atacado se tumba a mi lado y me besa. Me mete la lengua en la boca, que tengo entreabierta, porque me cuesta respirar.
Asqueada, me doy cuenta de que voy a morir con el amargo sabor del beso de mi asesino en los labios, a pocos metros de la persona que amo, que duerme cinco pisos más arriba, ajeno al hecho de que su novia se va apagando como una vela en un vendaval.
Y entonces, un último y aterrador pensamiento pasa fugaz por mi cabecita herida: la discusión en el pub ante mis amigas, mis cosas en su casa, la sangre en el portal... Todas las pruebas de este horrible crimen apuntan a mi pobre Darío.
domingo, 4 de julio de 2010
Culpable. Primera parte.
Los dos hombres utilizan una fuerza innecesaria mientras me conducen al edificio. De vez en cuando sueltan algún insulto o me dan un pisotón en la parte trasera de los pies, fingiendo que lo hacen sin querer, pero soltando risitas que dejan claro que quieren hacerme daño a pesar de que saben que está penado. También en algún momento clavan sus dedos con fuerza en un punto concreto entre mis hombros de manera que me retuerzo de dolor, cosa que aprovechan para simular que me resisto a caminar y así poder empujarme e insultarme de nuevo.
En la puerta del edificio se congrega una pequeña multitud que me grita y me llama, presa de la furia, asesino. No sé cómo han podido enterarse todas esas personas tan pronto, no ha habido tiempo para que la noticia trascienda a los medios. Sin embargo, en un pueblo no muy grande, es lógico que los rumores corran a gran velocidad y sin control.
¿Y si tuviesen razón? Yo sería incapaz de hacer una cosa así, pero… ¿Qué otra explicación hay?
Me conducen por un sinfín de pasillos hasta llegar a una sala minúscula, casi como un zulo, con una vieja mesa de contrachapado y dos sillas acolchadas enfrentadas a una de apariencia incómoda. Me hacen sentar en esa mientras que un tercer hombre entra en la sala y se presenta como el comisario Martínez.
-Darío, confesar te será lo más sencillo. Tu condena será rebajada y la familia de Laura verá reducida su tremenda pena. Tú la querías, a ella y a los suyos, no dejes que sufran aún más. La mataste, ¿verdad? Discutisteis y, en un momento de ofuscación, la golpeaste sin pensar que las consecuencias serían tan graves, pero al ser consciente de la magnitud de tu acción, te asustaste y decidiste deshacerte del cuerpo.
Niego con la cabeza mirando fijamente la esquina de la mesa que más cerca tengo. No puede ser, me repito… Pero no sé cómo disculparme, no tengo ninguna coartada. Y lo peor es que tampoco tengo recuerdos nítidos de esa noche, por lo que no puedo covencerme ni a mí mismo. ¿Y si de verdad pasó como dice el comisario? ¿Cómo puedo estar seguro de que no está en lo cierto?
El comisario hace una seña a uno de los dos policías que me han traído hasta aquí. Éste saca un sobre de un cajón y me lo entrega. Lo abro con cuidado y saco unas fotos. Es Laura. Mi Laura, mi princesa, la chica de mi vida. Está tumbada en el suelo, con su largo pelo castaño teñido de rojo por la sangre. Sus grandes ojos están blancos, vueltos hacia atrás, escondiendo para siempre su iris verde. La boca entreabierta y los brazos colocados en una difícil postura no hacen más que añadir dramatismo a la escena. Me estremezco y rompo a llorar como un niño pequeño. No puede ser que esa muñeca rota sea ella. No puede ser que en ese trozo de carne muerta hubiesen habitado las innumerables sonrisas, ilusiones y sueños que Laura me regalaba a diario.
Y no puedo haber sido yo quien haya sacado toda esa vida del cuerpo que más amo…
Me esfuerzo en recordar aquel fatídico día, a pesar de las lágrimas, y pienso hasta que me duele la cabeza. Habíamos estado en mi piso, que acababa de comprar con lo que llevaba ahorrando desde mis dieciséis años. Habíamos estado puliendo los pequeños detalles que iban a hacer de su fiesta de inauguración un éxito. Después, hicimos el amor con la ternura que sólo ella me entregaba.
Nuestros amigos fueron llegando, cómo no, con alcohol en abundancia. Somos jóvenes que rondan la veintena en los albores del siglo XXI, consideramos muy normal beber en una fiesta. Todos lo hacen, y nosotros también. A medida que el alcohol se va asentando en mis venas, veo a Laura moverse, con su habitual sonrisa, de aquí para allá, mirándome de vez en cuando con su serena alegría. De manera confusa, recuerdo un par de abrazos fugaces cargados de cariño. Sonrío sádicamente entre mis copiosas lágrimas al recordarlo. ¿Cómo voy a vivir con la certeza absoluta de que jamás repetiremos ese tipo de momentos de complicidad?
Sigo con mi reconstrucción mental. Hacia las dos de la mañana, decidimos terminar la fiesta en algún pub. Una vez allí, doy varias cabezadas aún estando de pie. Me da rabia, porque yo no suelo tener un mal beber. Soy consciente de que es ridículo, llenarse de alcohol el cuerpo para luego acabar hecho polvo dormitando en un pub sin poderme sentar, y eso me pone de mal humor. Veo que Laura y sus amigas me miran y se ríen. No tiene gracia, no debería reírse de mí con sus amigas. Ella no querría que yo hiciese eso en caso de ser ella quien hubiese bebido más de la cuenta. No recuerdo qué le digo, pero sé que atisbo incomprensión en sus ojos y me voy del local. Ella sale detrás de mí gritando mi nombre, pero no me vuelvo. El orgullo me ciega. Por el rabillo del ojo, la veo volver a entrar en el pub. Lo único que recuerdo es que sigo camino hasta mi casa y me duermo.
Al día siguiente, me despiertan las voces de los policías que aporrean mi puerta. Laura ha desparecido. Tres días de intensa búsqueda, hasta que por fin aparece tras unos matorrales en un parque al que no va nadie, a pocos metros de mi casa. Horas después de ser consciente de que la chica a la que quiero desde hace casi tres años está muerta, me dicen que en mi portal hay restos de sangre que coinciden con su ADN y que el hecho de que sus cosas estuviesen en mi casa me implican aún más en el caso. Además, sus amigas afirman que yo había bebido mucho y que me marché del local enfadado con ella sin motivo, después de haberle dicho, sin dar una explicación, que conmigo no se pasase.
Soy el principal sospechoso en la muerte de Laura. Y ni siquiera yo sé si de verdad la maté.
Recuerdo la cara de su madre mientras buscaba a su hija con desesperación. Recuerdo el dolor al encajar el duro golpe de su muerte. Y las lágrimas de su padre, un hombre fuerte que jamás había mostrado sus sentimientos abiertamente desde que lo conocí. La rabia de su hermano pequeño. La incomprensión de sus amigas.
Ellos ya habían sufrido demasiado. Buscar ahora un culpable no hará más que multiplicar su dolor.
Y mi vida sin Laura ya va a ser un sinsentido, ¿qué más me da llorar en casa, solo, con todas sus fotos colgadas por la pared recordándome lo feliz que era y que jamás volveré a ser, o hacerlo en la cárcel, sin nada que me haga ver cómo la vida se ríe de mí por lo que me ha robado?
Además, la única hipótesis que encaja es la que me ha dado el comisario Martínez… Que yo sea el asesino. Sí, lo más seguro es que él tenga razón. Y que deba confesar para no hacer sufrir más a la familia de la chica que más he querido.
-Sí, yo la maté. Se rió de mí en el pub porque había bebido mucho, por eso me fui a mi casa. Ella se empeñó en seguirme, discutimos en mi portal, me sacó de quicio y la empujé contra la pared, que tiene varios salientes, y ella se dio con fuerza contra uno de ellos. Había mucha sangre, y me di cuenta de que poco a poco se apagaba. Traté de reanimarla, pero no supe cómo, así que decidí llevarla lejos de mi casa. Yo soy el asesino de mi vida…
viernes, 11 de junio de 2010
Adiós, Ivana
Ella levanta la vista y me clava sus grandes ojos castaños. Intuye que algo va mal, y me lanza una sonrisa que trata sin duda de levantarme el ánimo. Da un tierno beso a su muñeca y le deja restos de chocolate en la cara de plástico. Luego la deposita con ternura en la caja de zapatos que cumple el papel de cuna. Se encarama a la silla que hay junto a la mía y se mira un rato los pies.
Esos pies diminutos que tanto adoro...
Por fin se atreve a preguntar.
-Mami, ¿qué te pasa?
-Nada, cielo...- se me hace un nudo en la garganta. No encuentro palabras para explicarle a mi hija de tres años que voy a dejarla para siempre. Que la voy a abandonar en un centro de acogida en el que ella no será la princesita encantada, sino un simple plato más que llenar. Y encima pedirle que nunca olvide que la quiero-. Estoy bien, tesoro.
-No... Tú tienes pena... Dora y yo te escuchamos llorar anoche. Y aún tienes los ojos rositas...
Es demasiado lista. Respiro hondo. Las lágrimas me suben rápidamente a los ojos y me las limpio disimuladamente. Éste está siendo sin duda el peor momento de mi vida. Pese a haber vivido cinco años de pesadilla, nada puede superar la angustia que invade ahora.
Recuerdo el día que dejé mi país de origen. Dieciséis años, un cuerpo joven sin un gramo de grasa, y las ilusiones causadas por las promesas de un hombre con demasiada experiencia engañando a niñas incautas. La despedida de una madre con demasiados problemas económicos como para preocuparse de la marcha de la mayor de sus siete hijos. La llegada a España... Un lugar donde ser libre, pensaba... Y que al final significó mi esclavitud.
Cinco años encerrada en un prostíbulo en el que era violada. Violada, sí, porque se hacía en contra de mi voluntad, y el único aliciente que encontraba en satisfacer a aquellos hombres era que, si se marchaban contentos, Vladimir, quien se había hecho pasar por mi gran amor, no me daría una paliza. Cinco años durmiendo en una habitación de diez metros cuadrados con otras ocho mujeres que sufrían el mismo infierno.
Y entonces llegó ella. Un embarazo no deseado. La hija de cualquier vejestorio putero y de la zorra que se escapó de casa con la cabeza llena de pájaros para darse cuenta de que el único pájaro era ella al caer en las garras del cazador. Una bastarda. Mi niña. La que hizo que abrir las piernas no fuese un suplicio tan grande, porque me consolaba el pensar que cada amanecer podría volver a tenerla en mis brazos. Una niña guapa, lista y vivaracha, que se convirtió en el juguete de todas las prostitutas que estábamos allí. Y era mía.
Ivana.
Un día, mi compañera Rosario y yo logramos escapar. Un golpe de suerte. Cogimos a la pequeña, que entonces tenía dos años, y recorrimos kilómetros al norte. Alquilamos un apartamento diminuto y nos establecimos las tres allí. Rosario y yo empezamos a trabajar limpiando pisos, y dejábamos a Ivana en la guardería, donde por fin empezó a jugar con otros niños. La luz del sol le sentaba genial, y mostraba mejor aspecto que el que tenía cuando vivíamos en el prostíbulo. Ahora mi hija estaba teniendo una infancia digna. Lo que había vivido hasta entonces no era adecuado para un niño.
Así vivimos las tres felices durante diez cortos meses.
Hasta que llegó un sobre. Un sobre que contenía una foto en la que salíamos mi niña y yo. Y un manuscrito, con la letra que tanto amé un día: la de Vladimir.
"Sé dónde vives. Tú volverás conmigo y seguirás ejerciendo como la puta que eres si no quieres que Ivana muera degollada como un corderito delante de tus ojos. Y sabes que lo haré".
¿Qué podía hacer? Por experiencia sabía que la policía no detendría a Vladimir. Muchas de mis compañeras lo habían denunciado y habían acabado degolladas como amenazaba hacer con mi hija. No podía huir con ella. Estábamos en la otra mitad de España, y aún así nos había encontrado. Volvería a dar con nosotras. Debía volver con él...
Pero, ¿cómo condenar a mi hija a pasar sus años de niñez en un zulo, a solas cada noche, esperando a que su madre viniese de yacer con desconocidos? ¿Cómo negarle una educación y el poder relacionarse con más niños? Y sabiendo que en cuanto su cuerpo se desarrollase lo más mínimo, Vladimir y sus hombres harían con ella lo que habían hecho conmigo... No, no podía hacerle eso a Ivana.
Yo no iba a ser capaz de vivir sin ella, pero tampoco podía arruinar su vida. Debía renunciar a quien más quería, aunque me fuese la vida en ello.
-Ivana,-le digo en aquella habitación en la que nos había dejado la asistenta social mientras preparaba el papeleo para darla en adopción -. Mamá no puede cuidar de ti. Hay... Hay mucha gente mala que quiere que no estemos juntas. Si me quedo contigo, podrían hacerte daño - el torrente de lágrimas que amenazaba mis ojos revienta el dique que las contenía y se derrama por mi rostro cuando advierto la incomprensión con la que me mira-. Vas a quedarte aquí una temporada, y pronto enocntrarás otra mamá, e incluso un papá, que te querrán con toda su alma y te darán todo lo que yo no puedo darte. Te darán una vida de verdad, princesa.
-Mamá, yo quiero irme contigo- me grita llorando al tiempo que se aferra con fuerza a mi cuello.
Por primera vez desde que nació, aparto sus brazos y me alejo de ella. Para siempre.
- Te quiero, tesoro. Aunque no lo comprendas, no olvides que te quiero.
Corro como una posesa, vertiendo lágrimas amargas, mientras los gritos de mi hija (no, ya no es mi hija) me golpean los oídos. Entro en el despacho donde la asistenta acaba de terminar de preparar los papeles. Firmo donde me indican sin ver apenas.
Cojo un autobús a Madrid. Llego extenuada y con el maquillaje corrido. Me encuentro a Vladimir frente a frente. Me sonríe socarronamente y con un brillo de triunfo en la mirada.
Por su culpa había dejado a Ivana con unos extraños. Lo odio más que nunca. Le escupo en la cara. Él se lanza como una bestia sobre mí. Me da más golpes de lo que puedo soportar, y poco a poco voy perdiendo la conciencia. Al fondo, veo una luz que promete descanso. Una promesa que no tiene nada que ver con las que él me hizo en su día. Una promesa que me hará feliz. De verdad.
Descanso...
Mejor no vivir a vivir sin mi vida.
Adiós, Ivana. Espero reencontrarme contigo dentro de muchos, muchísimos años. Y que para entonces no me guardes rencor.
lunes, 10 de mayo de 2010
Qué bien vivís...
Una mañana más, me levanto con un nudo en la garganta y el deseo de quedarme en la cama todo el largo día. La ansiedad atenaza mi estómago, me tapo la cabeza con la almohada tratando de evadirme de una realidad que yo mismo escogí para ganarme la vida y que lo único que ha conseguido es que esa vida que intenté ganarme ya no merezca ese nombre, porque más que vida es un auténtico infierno.
Logro sacar fuerzas no sé ni de dónde, me doy una ducha rápida, recojo los libros que tanto amé en mi época de estudiante y bajo, como siempre, por las escaleras, ya que el maltrecho apartamento en el que viviré hasta verano es un quinto sin ascensor. Y eso es sólo lo menos duro de mi día a día.
Tres calles más abajo veo mi viejo Corsa. Cada día desde hace cinco meses tiene más y más arañazos. Seguro que este mediodía aparecerá alguno nuevo. Eso por no hablar de los escupitajos.
Conduzco con cuidado, más por no dañar a nadie que por no dañarme a mí mismo. Incluso fantaseo con lo genial que sería que me diesen algún golpe que justificase mi falta al trabajo. Total, el coche ya está para el arrastre, un golpe más que menos no implicaría nada serio.
Sin embargo, llego a mi lugar de trabajo. Antes de franquear la entrada, un par de chicos a quienes ni siquiera llego a ver la cara, me tiran los libro al suelo gritando el apodo que, sin saber cómo, me gané en septiembre: Carapez.
Recojo mis cosas. Las leyendas de Bécquer, varios ejemplares de Neruda… Todo lo que me apasiona esparramado por el suelo. No me importa, así me siento yo. Tirado.
Llego a la clase que me toca ese día: 2º de E.S.O. B. Una de las mejores clases. No hacen ni caso, se dedican a hablar entre ellos sin inmutarse siquiera cuando entro. Me encanta esta clase. No tengo que aguantar que me llamen payaso, pringado, ni que me tiren bolitas de papel. Nunca he oído la palabra “Carapez” dentro del aula de estos chicos. Es cierto que tengo que hablar a gritos durante una hora para que sólo me escuchen dos chicas de segunda fila y un chaval de la tercera, y que luego me paso el día con la garganta en carne viva, pero es un aliciente no sentirse atacado. Sí, ignorado está mejor.
La segunda hora es peor. 3º C. Jóvenes de catorce y quince años que no tienen ningún interés en estudiar pero que están obligados a permanecer allí dentro hasta los dieciséis. Su única motivación cada mañana es ver la humillación en mis ojos. Y en la de tantos otros profesores. No creo que sepan ni mi nombre. Insultos, objetos que vuelan, un sospechoso olor a porro e innumerables amenazas cuando recrimino a los que se lo estaban fumando. En esta clase es imposible explicar nada en voz alta: no me oiría nadie. Animo a los cuatro gatos que tienen algún interés en escucharme a que se sienten cerca de mi mesa para poder oírme, pero nadie viene desde que a principio de curso le dieron una paliza a un chico por hacerlo. Por tratar de aprender.
La hora antes del patio la tengo libre. Rezo porque no haya ninguna sustitución, pero no tengo suerte: los de 1º A están solos. Voy allí, y aunque no paran de gritar, al menos no tengo que explicarles nada y puedo descansar la garganta y un poco los ánimos, hasta que veo a unos niños que aún ni han cambiado la voz jugando con los móviles, decido confiscárselos hasta la hora de volver a casa, y me gano una lluvia de insultos y miradas hostiles hasta que suena el timbre.
Llega la hora del recreo. Hoy me toca guardia. Un grupo de alumnos de 3º y 4º estaban bebiendo detrás del gimnasio, muchos fumando tabaco, algunos que fumaban pero no precisamente tabaco… Y lo mejor de todo: dos chicos pegándose porque uno había mirado a “su piba”. Germán, un profesor del departamento de Inglés, y yo hemos tratado de separarlos, y como premio, mi compañero se ha llevado un ojo morado con la firma “del dueño de la piba”.
En la cuarta hora respiro tranquilo: los de 3º A y B están de excursión. Voy a la sala de profesores a programar, justo lo que antes de empezar a trabajar como docente creí que sería lo más aburrido. Ahora es lo que menos me asusta.
Pero todo termina, y más si es bueno, así que pronto llega la quinta hora. 4º B. Muchos de ellos ya tienen edad para dejar de estudiar y entrar en el mundo laboral, pero prefieren venir al instituto porque no tienen la obligación de estudiar. Vienen, no hacen caso, impiden que los compañeros que quieren seguir sus estudios pueden escuchar… Más o menos como en los cursos anteriores, sólo que con una ventaja y un inconveniente: yo sé que se podrían ir, y que sólo vienen para hacer el vago, de manera que me da más rabia. Pero al menos el número de gamberros es menos que en 1º, 2º y 3º. Eso sí, tengo que dar la clase con pósters de mujeres casi desnudas en el tablón de anuncios.
Última hora, al fin… Me toca 2º C. Una niña con menos ropa de la que sería apropiada en febrero y un chico con más pendientes que los expositores de las joyerías se besan con pasión mientras trato de enseñarles a analizar una frase sencilla. Otra chica se ríe mientras mira un móvil que debe valer casi tanto como mi coche. Le digo que ya he advertido muchas veces que no pueden enviarse mensajitos en clase, y me contesta salerosa:
-No es un mensajito, Carapez, es una foto tuya. ¡Mira qué guapo sales!
Todos se ríen mientras ella muestra en la gran pantalla táctil mi cara, con los ojos cerrados y la boca abierta. Me han pillado hablando y mientras parpadeaba. Pronto todos se lanzan a pedirle que se la pase por Bluetooth. Trato de avisarles de que si no borran la foto hablaré con la directora, pero justo en ese momento suena el timbre, y todos se van dejándome con la palabra en la boca.
Resignado, bajo las escaleras y me dirijo hacia mi coche, que efectivamente tiene tres o cuatro arañazos más, y un salivajo en mitad del parabrisas. Suspirando, abro la puerta y justo en ese momento, veo a la madre de un chaval de mi tutoría que me dice, sonriendo:
-Anda, que ya es viernes, ¡menudo fin de semanita de descanso que vas a tener! Y ya pronto la Semana Santa… Desde luego, ¡hay que ver qué bien que vivís los profesores!
-No lo sabe usted bien, señora, no lo sabe usted bien…
lunes, 19 de abril de 2010
Una vida
Recordó con nostalgia cuand oaún vivía allí, con sus padres, en su infancia y los primeros años de su tierna juventud. Recordó la tranquilidad de esa época. No tenía preocupaciones. Había sido una adolescente normal, no se consideraba excesivamente guapa, pero tampoco había sido fea. Hubiese podido conocer a bastantes chicos si hubiese querido, pero el destino tuvo a bien enamorarla hasta ciegamente muy pronto y sin vuelta atrás.
A los diecisiete años conoció al que más tarde habría de ser su marido. Habían tenido un noviazgo más bien feliz. Ella seguía siendo esa niña risueña con miles de ilusiones que ansiaba cumplir, pero poco a poco esa llama del amor que sentía por él hizo que se eclipsasen sus sueños.
No es que él le prohibiese explícitamente realizarlos, pero de forma indirecta dejaba caer comentarios negativos sobre las consecuencias que determinados pasos de los caminos que la llevarían a su éxito personal traerían para la relación. La acostumbró a verse todos los días, de manera que estudiar fuera no sería satisfactorio. Mostraba indiferencia ante los temas que a ella le apasionaban, por lo que se sentía reacia a compartir sus anhelos con él. Le daba tanto miedo aburrirle que prefería callar sus pensamientos.
Él siempre hizo lo que quiso. Sus ambiciones se materializaron, su estilo de vida era el que siempre deseó. Ella, sin comerlo ni beberlo, había pasado toda su juventud sonriéndole y poniéndole buena cara. Anteponiendo la felicidad de su hombre a la suya propia.
Atrás quedaban su ideales de mujer liberada y luchadora. Ahora sólo se sentía una vieja que se había resignado a dejar zarpar sus sueños por conservar a su lado al que había creído el amor de su vida.
Y aquella tarde, en el recibidor de la casa de sus padres, ante el espejo que la había visto crecer, con los ojos fuertemente cerrados y después de tantos años sin haber pisado aquella estancia, tomó una drástica decisión: pediría el divorcio. Echaría de su lado a aquel tipo que, pese a saber que ella renunciaba a todo cuanto deseaba por él, le permitió, o mejor dicho, propició, que lo hiciese y echase su felicidad a perder. Dejaría de piedra a esos dos hijos que prácticamente había educado ella sola, sí, pero al fin y al cabo ambos residían lejos y tenían sus propias vidas.
Sí, comenzaría una existencia nueva, sin ataduras, sin nadie que le indicase qué camino debía seguir. Sería libre.
Abrió otra vez los ojos y volvió a mirar su reflejo. Las mismas caderas ensanchadas, el mismo voluminoso vientre, el mismo pecho caído, las mismas anticuadas ropas, la misma cara arrugada y ese cardado pasado de moda. La imagen era la misma que hacía un minuto. O casi.
Porque en la mirada de la mujer estropeada del espejo volvía brillar la ilusión y la esperanza de aquella joven, casi niña, que un día salió de aquella casa siendo feliz.
jueves, 24 de diciembre de 2009
El Festival de Navidad
Odiaba el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad. Le parecía un día horrible. Todos los niños esperaban esa fecha con enorme ilusión, pero no todos los niños eran como él.
Se había despertado, como cada mañana, a las ocho para arreglarse antes de ir al colegio. Se había escogido él sólo su ropa (un jersey de lana rojo lleno de bolitas y sus pantalones negros agujereados, las dos prendas de las pocas que había en su casa que, al menos tenían los colores de los trajes de pastorcillo de sus compañeros). Se vistió sin ayuda de nadie, abrochándose mal los botones y dejándose los faldones del jersey medio pillados, de manera que parte de su espalda quedaba expuesta al frío. Bebió un trago de leche rancia directamente del cartón, y dio gracias al cielo de que, al menos, ese día el almuerzo lo organizaban las mamás del resto para todos. Así no pasaría la vergüenza diaria de pedirle al menos un batido a Loli, su maestra.
Salió de su pequeña habitación y corrió al comedor, donde vio a su madre tumbada en el sofá junto a un hombre, ambos semidesnudos. Al lado, sobre la diminuta mesa en la que rara vez se había colocado un plato de comida, los restos quemados de papel de aluminio, el polvo blanco junto a los carnets de identidad y la botella vacía de vodka indicaba que, como casi cada noche, su madre había decidido vender su cuerpo a cambio de sustancias que la hicieran evadirse del mundo real.
Con siete años, él ya era todo un experto en ese mundo. Sabía perfectamente cuáles eran los efectos de la drogadicción y había visto a su madre yacer junto a decenas de hombres.
Mientras sus amigos pasaban las tardes ante la televisión y los videojuegos, él se encerraba en su cuarto tratando de ignorar los gemidos de su madre y del cliente de turno. A una edad en la que pocos niños de su clase ayudaban alguna vez en casa a quitar la mesa, él era, en la suya, el encargado de recoger los restos de cocaína que las manos temblorosas de quien debería haberle cuidado dejaban caer. A pesar de que a su edad todos los niños acudían a sus madres para que les curasen las rodillas raspadas tras una caída, él llevaba mucho tiempo aplicando antiinflamatorios en los morados que poblaban la débil piel de la suya cuando algún cliente insatisfecho o con ganas de sentirse superior la golpeaba como a una vieja muñeca.
Cristian no era en absoluto un niño feliz. Hacía mucho tiempo que no sonreía, y aunque trataba de ser buen estudiante, cada vez le costaba más concentrarse en las lecciones, tanto en casa como en clase. Sin embargo, le encantaba el colegio. Le resultaba curioso que al resto de sus compañeros se les hiciese eterno el paso del reloj cuando estaban allí y esperaban ansiosos la hora del patio. Él adoraba estar en clase. Sobretodo por estar junto a Loli. Cristian hubiese dado casi cualquier cosa porque su mamá fuese como ella…
Iba pensando en todo eso cuando llegó a la escuela. Todos los niños iban vestidos de pastorcillo. Aquel era el último año que lo harían, puesto que al siguiente ya estarían en tercero, y los chicos mayores ya no se divertían de esa manera. Él suspiró con aplomo. Ninguno de sus cinco primeros años de escolarización, en los que los niños celebran la llegada de la Navidad cantando vestidos de pastores, él había podido hacerlo. Siempre llegaba con su ropa vieja que trataba de parecerse a la del resto sin llegar a asemejarse en lo más mínimo. Todas las miradas en el escenario que se dirigían a él eran para preguntarse que por qué ese niño iba vestido de pobre y no de pastor que adorase al niño Jesús.
“No llores”, se dijo. No había llorado a los tres, ni a los cuatro, ni a los cinco, ni a los seis años, porque creyó a todo el mundo cuando le dijeron que un pastor puede ir vestido con vaqueros raídos. Pero a los siete años ya era lo suficientemente mayor para saber que no era así. En el portal de Belén nadie llevaba pantalones desgastados que le quedasen cortos ni un jersey gastado. Pero si bien era mayor para saber eso, también lo era para llorar. A los siete años sólo lloran los niños de mamá. Y él no lo era. Cristian debía ser fuerte porque nadie iba a serlo por él. Y sin embargo… Sin embargo una lágrima empezó a deslizarse por su mejilla. Se la secó con rabia, y aspiró aire fuerte con la nariz, para justo después seguir andando al frente con fingida indiferencia.
Pasó junto a un grupito de niños que charlaba sin prestarle apenas atención.
-A mí Papá Noel me va a traer una cocinita- dijo Sara.
-A mí un coche teledirigido- quiso apuntar Raúl.
-Pues yo me he pedido un balón, un videojuego y una bici- se pavoneó Martín.
-La bici que me traerá a mí va a ser la de Hello Kitty- sonrió Laura.
“A mí me van a traer un hombre que toquetee a mi madre y unos gramos de coca”, pensó con dolor.
Entonces la voz de Loli llegó desde atrás.
-Cristian-susurró con la dulzura que su madre le negaba-. Ven.
Él la siguió con la ceguera del polluelo que sigue a la gallina, convencido de que su maestra nunca le negaría una sonrisa o una caricia por mal que hiciese las cosas. Sabiendo que ella nunca le chillaría, ni le pegaría, ni le dejaría sin comer porque se gastara el dinero en drogas. Sabía que con ella, él sería el pequeño y protegido, y no un adulto con responsabilidades. A pesar de la desconfianza que los mayores despertaban en él.
La maestra lo guió hasta dentro de la clase.
-Quítate esa ropa.
Cristian se asustó. Eso era lo que su madre les decía a sus clientes cuando ellos descubrían al niño agazapado en un rincón y se mostraban reticentes a seguir. ¿No querría ella hacerle esas cosas que su madre hacía con aquellos hombres? Porque a él le daba mucho miedo… “Es sólo sexo, no se va a morir por verlo”, decía su madre después. Pero él estaba convencido de que, aunque no se fuese a morir, no le gustaba verlo. Ni oírlo. Aunque no supiese muy bien qué era.
-¿Para qué?- preguntó con voz temblorosa.
Loli alargó su mano para sacar algo de una bolsa.
El corazoncito de Cristian empezó a latir con fuerza. ¿Y si sacaba unas esposas como las que su madre usaba a veces?
Pero no. Loli sacó algo que hizo que las lagrimillas volvieran a asomar a los ojos del niño. Pero esta vez el motivo era la alegría.
-Póntelo.
Había varias cosas. Una era un jersey nuevo, rojo también, pero para estrenar. Luego sacó también ropa interior limpia, y unos pantalones sin ningún agujero. Le ayudó a ponérselo. Por primera vez desde que empezó el colegio, alguien le ayudó a vestirse. Cuando estuvo bien abrigadito, Loli le ayudó a colocarse un chaleco de lana blanca con un zurrón y un gorrito a juego.
-Qué bien te queda- dijo la maestra-. Seguro que el niño Jesús se pondrá muy contento de ver que un pastor tan guapo le canta un villancico.
Cristian bajó los ojos con un nudo en la garganta.
-Pero te falta algo-se quejó ella, con gesto pensativo-. No se pueden cantar villancicos sin tener una enorme sonrisa en la cara.
Cristian sonrió de todo corazón. Le gustaba sentirse querido y que le trataran como lo que, por más que le negasen, era: un niño pequeño.
-Gracias por portarte como una mayor conmigo- dijo, alzando por fin los ojos. Y entonces descubrió que también en los de la joven maestra había tantas lágrimas como en los suyos.
-Gracias a ti por darme más motivos aún para convencerme de que ser maestra es la profesión más gratificante del mundo.
viernes, 26 de junio de 2009
Celos
No conseguía conciliar el sueño... El estómago le daba vueltas dentro de la tripa, y su mente volaba de imagen en imagen, todas ellas de lo más desagradable. El corazón le latía tan fuerte dentro del pecho que parecía que miles de caballos galoparan por una llanura al unísono. Se sentía traicionada, humillada... Y sobretodo, se sentía sola.
Inés nunca había sido una "chica 10". Ni mucho menos. Durante toda su vida había estado realmente flacucha, no delgada, sino enclenque, sin ningún indicio de formas femeninas bajo sus holgadas ropas. Su metro cincuenta y cinco la acomplejaba muchísimo, pero su torpeza le impedía usar tacones para disimular su corta estatura. Tenía el pelo muy rebelde, siempre encrespado, y escondía su rostro debajo de un gran flequillo. Además, tenía un carácter verdaderamente retraído: relacionarse con gente de su edad constituía para ella un verdadero suplicio.
Aún así, la vida le obsequió con dos bendiciones: Nati y Jesús.
Nati había llegado al instituto dos años atrás (conincidiendo con la marcha de Jesús), y era la típica chica que haría pasar desapercibida a las más bellas actrices: sobrepasaba el metro setenta, tenía una larga y espesa melena rubia que contrastaba con el bronceado perenne de su piel, y unos ojos verdes enmarcados por sendos manojos de tupidas pestañas. Las curvas de su cuerpo eran la perdición de cualquier chico y la envidia de cualquier chica. En resumen, Nati era la antítesis de Inés. Y, sin embargo, se hicieron amigas inseparables. Nati la ayudaba en todo, le brindaba cariño, y la apocada Inés entró de su mano en el exclusivo de club de los populares del instituto. Aquellos que nunca la habían mirado ahora sabían su nombre y empezaban a reírse con su ingenio, hasta ahora nunca reconocido. Nati le alisaba el pelo, le aconsejó cómo vestir mejor y le enseñó a sacar el máximo partido a sus rasgos con un buen maquillaje. Incluso la llevó a "Marguerite", una joyería muy cara en la que habían joyas preciosas a las que difícilmente podían aspirar, pero que eran bellísimas a la vista. Juntas admiraban aquellas pequeñas maravillas, y las dos se enamoraron perdidamente de un corazón de plata con una increíble pedrería.
Jesús había sido su único amigo desde la infancia. Habían compartido todo tipo de momentos: buenos y malos. Se idolatraban mutuamente, se apoyaban el uno al otro cuando se encontraban mal, compartían aficiones y respetaban sus diferencias. Nunca se habían fallado, y el cariño que se procesaban era inmenso. Nadie la comprendía como Jesús, ni a nadie comprendía ella como a él. Aún ahora recordaba como el peor día de su vida aquel en que Jesús hizo sus maletas para pasar los años del Bachillerato en Barcelona, en casa de su padre.
Pese a que se afirme lo contrario, muchas veces la distancia aviva los sentimientos, y si a eso se le sumaba el comparar a Jesús con los superficiales chicos del grupo al que se había unido con Nati, Inés tomó conciencia de que siempre había estado enamorada de su más fiel amigo, guardándolo tan en secreto que ni ella misma se había enterado de ello. Cuando no pudo negarlo más, fue Nati, su nueva compañera, la elegida como confesora. Y fue también Nati su gran apoyo, su paño de lágrimas y la mejor consejera que pudo imaginar.
Cuando terminaron Bachiller, Inés recibió una genial noticia: ¡Jesús volvía! Echaba de menos Alicante y había decidido que sería en esa ciudad donde llevaría a cabo sus estudios universitarios. La chica lo celebró con su amiga, quien se emocionó por poder conocer al famosísimo Jesús y, sobretodo, ver feliz a Inés. O al menos, eso parecía...
La llegada de Jesús empezó como un sueño: abrazos en la estación de autobuses, gritos, lágrimas de emoción, intercambio de novedades... Y la ilusión de la chica por presentar a sus dos mejores amigos, por poder estar con los dos simultáneamente. Pero esa ilusión se vio truncada cuando, después de la esperada presentación, vio su reflejo en los ojos de Jesús y lo comparó con la preciosa imagen de Nati... Ella no era nada, un simple esperpento a lo sumo, en comparación con la exuberancia de aquella rubia...
La tarde transcurrió entre risas por parte de los tres, pero las de Inés eran fingidas... Los otros dos lo atribuyeron a que tal vez estaba demasiado extasiada por haber visto cumplido su sueño, pero en realidad era porque los celos se la estaban comiendo viva... Cada vez que los ojos de Jesús pasaban cerca de Nati, un impulso hasta ahora desconocido se adueñaba de ella, y le gritaba que debía agarrar a su amiga y sacudirle... Esos sentimientos la asustaban, pero má aterrador era aún pensar que Jesús se enamorase de otra que no fuese ella... Que fuese mejor.
Día a día, trataba de hacer planes por separado con ellos: si quedaba con Jesús por la mañana, proponía a Nati dar una vuelta por la tarde, o al revés. Teniendo en cuenta que hasta antes de la llegada del joven la mayor ilusión de Inés era pasar tiempo los tres juntos, a veces insistían en quedar los todos en grupo, y ella no podía evitar pensar que el chico podría comparar directamente su escurrido cuerpo con la magnificencia de Nati.
Empezó a desconfiar de cualquier palabra que ellos (y, en especial, ella) dijesen. Los comentarios amables estaban llenos de dobles sentidos a sus oídos, imaginaba una terrible conspiración en la que ambos se reían de ella, tendidos en una cama, con la ropa esparcida en el suelo, después de hacer el amor. "Pobrecilla... Creerá que una raspita de pescado como ella tiene algo que hacer con un chaval tan perfecto como tú, que puede optar a un cuerpo de escándalo como el mío". "Bah, ¿qué más te da? Mientras tú y yo podamos disfrutar el uno del otro, esa niñata tan plana se puede ir a paseo". Conversaciones de ese estilo se recreaban una y otra vez en su mente.
Todas sus sospechas se vieron confirmadas un fatídico día en el que, estando con Jesús tomando algo en la terraza de un bar, sonó el móvil del chico. No pudo dar crédito a lo que veía cuando leyó en la pantalla que la llamada entrante era de Nati. El chico, rojo como un tomate, colgó diciendo: "Qué pesados, estos de Movistar... No pienso cogerles el teléfono". Rezando para equivocarse, aprovechó que él se levantó para ir al servicio para leer su bandeja de entrada. El corazón se le deshizo en el pecho cuando vio que estaba llena de mensajes de Nati. Desesperada, abrió el último, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a asomarse a sus ojos. "Vale, mañana nos vemos a las 11 en la plaza Cortés. Y tranquilo, que Inés no se enterará de nada". Notó la cara ardiéndole de rabia, y apretó los puños y los dientes hasta que le dolieron. Sin decir nada, dejó el aparato en la mesa y salió corriendo, tragándose las lágrimas y con ellas el orgullo"Muy bien. Vais a acordaros de esta jugarreta".
Fue esa noche la que tanto le costó dormir. Su corazón le decía que era imposible que Jesús y Nati estuvieran comportándose así con ella, pero... ¿acaso cabía duda? ¿No lo había leído con sus propios ojos? No quedaba más remedio... Debía ir allí, a su cita, y cantarles las cuarenta. Eso no se le hace a una amiga... Y menos a una amiga enamorada.
11.00. Lleva esperando nerviosa varios minutos, y aún no han aparecido. Espera diez minutos más, sabiendo que ambos son impuntuales. Entonces los ve ya juntos, sentados en un banco. Se acerca sigilosamente por detrás y escucha su conversación:
- Ayer Inés vio tu llamada en el móvil... O eso creo, porque se quedó muy seria cuando te colgué, y en cuanto me descuidé se fue corriendo sin decir ni adiós. No sé si hacemos bien... Pobrecita.
¡Oh qué buena persona! Se compadecía de ella... ¡Encima! ¿Qué quería, quedar de bueno ahora? ¿Un Nobel a la amistad?
- No, Jesús, no te puedes arrepentir... Esto que estás haciendo es precioso... Si se molesta un poco, que se aguante- ambos rieron, poniendo aún más de los nervios a Inés- En serio, es cuestión de tiempo... Ya verás qué pronto se le pasa...
- Bueno, cambiando de tema... Te he traído lo que me pediste- extrajo una caja preciosa, llena de corazones, del bolsillo. No podía ser: ¡llevaba la etiqueta de la joyería "Marguerite"!- Dime si es éste, por favor...
Nati desenvolvió el paquete, y dentro estaba, ni más ni menos, que el precioso corazón de plata por el que ambas habían suspirado... ¡No podían ser tan crueles!
-¡Sí, sí que es! Oh, Jesús, eres realmente romántico...
Inés no pudo aguantar más. Se lanzó encima de ellos, y empezó a increparles su comportamiento. Pero en especial se cebó con Nati. Cogió su cabeza, adornada con esos perfectos bucles rubios, entre sus manos, y la golpeó repetidas veces contra el banco. Ni siquiera era consciente de los gritos de Jesús pidiéndole que parase, ni de la sangre chorreando entre sus dedos. Seguía vapuleándola, entre gritos, sin clemencia alguna, guiada tan solo por el impulso y su dolor, un dolor que se le hincaba en las entrañas y la destrozaba por dentro, cegándola, impidiéndole ver lo desmesurado de la agresión a la que estaba sometiendo como castigo a quien le había dado todo cuanto tenía.
Pero el despertar tuvo que llegar, no había más remedio, y cuando tomó conciencia de sus actos, ya era demasiado tarde: Nati yacía sin vida, con sus ojazos verdes apagados, su preciosa melena esparcida por el banco, sus sensuales labios abiertos sin que ninguna exhalación se escapse entre ellos. De sus largas manos con perfecta manicura aún pendía el colgante de corazón, y en el suelo estaba la cajita que lo contenía, con una nota dentro, que había resbalado de su regazo. Inés sintió que el suelo se resquebrajaba bajo sus pies conforme iba leyendo el contenido del papel:
"Querida Inés:
Quisiera decirte que estoy completamente enamorado de ti. Toma este colgante como muestra de mi cariño. Sé que te gustará, puesto que Nati me ha ayudado a elegirlo. Y también me ha ayudado a encontrar el valor para expresar mis sentimientos. Espero con ansia que me regales tu corazón como yo te regalo éste y el mío.
Sin creer aún lo que había hecho, echó un rápido vistazo al corazón que pendía de las inertes manos de su amiga. "Inés y Jesús", rezaba la inscripción de la joya.
El mundo quedó escondido en una densa niebla. Sus pulmones olvidaron cómo era aquello de respirar, e incluso sus ojos se secaron de inmediato. únicamente sus piernas respondieron a su mente. Corrió rápido, sin que nadie la pudiese alcanzar. Esa era la única ventaja de un cuerpo tan menudo. Llegó a casa, y tomó entre sus manos la más reciente foto que se había tomado con Nati... Su Nati... No podía creer que ella misma le hubiese arrebatado la vida a aquella bellísima persona de manera tan irracional... Con la mano derecha acercó la foto a su corazón. Subió al alféizar de su ventana, un séptimo piso en pleno centro de Alicante. Y pidiendo perdón a su mejor amiga, la que le había ayudado hasta instantes antes de morir entre sus manos, dio un paso al frente, matendo así los odiosos celos que habían segado el futuro de ambas.
viernes, 20 de marzo de 2009
Ribiera Maya
Me despierto con una desagradable sensación en el estómago. Para más desgracia, no me resulta desconocida, sino tan sólo más aguda que le resto de las veces. Aún antes de abrir los ojos ya tengo las mejillas anegadas en lágrimas. Ahogo mis sollozos apretando la cara contra la almohada. No quiero hacer ningún ruido, no quiero despertarte, en un absurdo intento de retenerte más tiempo a mi lado, de prolongar ese sentimiento que provoca el roce de tu espalda desnuda contra la mía.
Pasa el tiempo. Un minuto, dos, tres… Maldigo el reloj, lo odio y deseo desde lo más profundo de mi ser que esas infernales agujas se detengan, que no lleguen nunca al segundo que hará saltar la alarma e iniciará el camino que te separe de mi lado.
Pero el despertador me ignora, no conoce mi dolor, y grita que ha llegado el momento en que mi vida dejará de tener sentido. Me golpea en los tímpanos, vibra en mi pecho y me destroza las entrañas. Todo el mundo odia el despertador, pero yo nunca me había sentido tan asqueada por su sonido. Me giro, fingiendo haberme despertado ahora mismo, y te veo protestar entre el sueño y la vigilia, suplicando unos minutos más. No seré yo quien te niegue ese placer. Apago la alarma, y te miro mientras duermes, como un niño, rodeándome con tus fuertes brazos. Te acaricio la cara preguntándome amargamente cómo sobreviviré casi medio año sin poder rozarte.
Llevo más de un mes intentando asumirlo. Asumir que te marchas. Lo presentaste como una posibilidad. “No hay trabajo. No podemos seguir así. Mi jefe va a empezar una obra en la Ribiera Maya. Si no hay alternativa…”. Y no la hubo. La Ribiera Maya. Jamás pensé que pudiese sentir arcadas con la simple mención de un lugar, y menos si éste tiene fama de ser paradisíaco. Pero tu jefe lo consiguió.
La sucesión de días iba acortando cada vez más el fatídico momento, hasta que el cruel Cronos marcó en el calendario la fecha de hoy: 14 de diciembre de 2008. El día de tu partida. Y también de la partida de mi corazón, no sé si porque parta contigo o se parta sin ti. Tampoco es que me importe mucho cuál de las dos sea la verdadera manera de dejarme vacía.
Entre besos, consigo despertarte de nuevo, muy a mi pesar. Nos besamos lentamente, y hacemos el amor con más dulzura que nunca, a pesar del sabor salado de nuestras lágrimas. En silencio, nos vestimos, evitando mirarnos, y seguimos así hasta el coche. No encendemos la música. Cada canción tiene al menos una frase que puede desencadenar un llanto eterno hoy. Llegamos al aeropuerto. Es el lugar más triste del mundo. Veo a la gente sonreír, con la ilusión brillando en sus ojos, y me pregunto cómo pueden estar felices en un lugar así, que para mí sólo supone separarme de lo mejor que me ha pasado en la vida. Tan sólo una mujer con una niña de unos cinco años, despidiendo a un hombre con la tristeza dibujada en el rostro me parecen adecuados para el escenario.
El altavoz anuncia tu vuelo. Nos abrazamos, llorando de nuevo. Sobran las palabras. Nuestros ojos lo dicen todo: los “te quiero”, las promesas de fidelidad, de llamadas diarias, de largas cartas de amor, el ansia por el reencuentro… Y el dolor por la separación. Te aprieto fuerte, como si pensara que así no podrás escapar. Ingenua de mí. El segundo aviso por megafonía me debilita, me hace perder toda la vitalidad y retrocedo con el rostro empapado y un nudo en la garganta.
Me siento sola en una incómoda silla de plástico, amontonando pañuelos en mis manos. La gente pasa por mi lado sin reparar en mi dolor, pero no los culpo: tampoco yo reparo en ellos. Sólo puedo mirar al cielo y fijarme en cada avión que despega con el logo de tu compañía, preguntándome en cuál de ellos estarás. Trato de acostumbrarme a esa incertidumbre. A no saber dónde estás, ni qué estás haciendo, ni si estás pasando frío o hambre, o necesitas un beso o una simple palabra amable. Busco un Klinnex en mi bolso. Genial, se me han acabado.
Noto una presencia a mi lado. Pequeña, muy pequeña. Me extiende un pañuelo de papel con dibujitos de Bugs Bunny. Le miro a la cara agradecida. Es la niña que había visto antes despidiendo a su padre.
-Volverán. Mi papá y tu novio volverán.
Sonríe, enseñando sus encías, con mellas entre los dientes de leche, y yo vuelvo a mirar al cielo, sonriendo también, contagiada de la esperanza y optimismo de mi joven compañera de penas.
-Sí, volverán. Y nosotras les estaremos esperando.
viernes, 27 de febrero de 2009
Comida
Recordó con amargura cómo había transcurrido todo antes de entrar en aquella prisión de carceleros con bata blanca. Siempre había sido una niña algo regordeta. En el colegio aquello no suponía un problema, pero al pasar el instituto, pasó a ser un verdadero martirio. Sus amigas empezaban a experimentar con los chicos, pero ella se sentía excluida en el juego del amor, puesto que ninguno se fijaba en ella. Y lo peor fue cuando también empezó a quedarse al margen entre las chicas. No había ninguna que compartiese su ignorancia con ella. Todas sabían lo que era tener novio, y comenzaban a mirarla como si fuese un bicho raro. Violeta fue la primera en desatar el diluvio de insultos: "Una vaca como Diana no debería juntarse con nosotras...Nos espanta a los chicos". Poco a poco, los más populares pasaron a llamarla "la Gorda", y a hacer chistes como que con su tamaño era muy fácil acertar en "la Diana". Los más reservados del instituto no la insultaban, pero por miedo a ser rechazados tan cruelmente, la ignoraban.
Diana comenzó a culpar a la comida de su desdicha. Primero a los bollos y a las grasas. Pero seguía siendo gorda. Entonces dejó de comer carne, y pescado, y los guisos de su madre... Pronto pasó a comer tan solo ensalada. Llegó al punto en que hasta eso lo vomitaba. En un par de meses, estaba tan delgada como la mayoría de sus compañeras. Los chicos que antes la insultaban ahora la miraban con lascivia, y le decían piropos que antes nunca le había dirigido nadie. Varios fueron los que le pidieron salir, y de entre todos el escogido fue Marc, uno de los más populares ( y de los que más se habían metido con ella anteriormente). Diana se convirtió en la envidia de todas, y exhibía orgullosa su idilio con el más guapo del instituto, mientras seguía sin probar apenas bocado. Las escasas ocasiones en que sus padres, cansados del trabajo, la obligaban a comer, vomitaba en el cuarto de baño más lejano al salón, ahogando el sonido de las arcadas subiendo el volumen de la música de su cuarto o abriendo al máximo el grifo de la ducha. Comprarse ropa se convirtió en un placer, cada visita al centro comercial significaba el descubrimiento de haber perdido otra talla.
Sin embargo, seguía necesitando más y más. El espejo le gritaba que siempre sería gorda, que en cuanto probase bocado sus michelines regresarían y le arrebatarían todo lo que con tanto esfuerzo había conseguido. Ni las ojeras que poblaban su rostro, ni las heridas en los dedos ni las llagas en la boca, ni el comprobar cómo hasta las tallas más pequeñas le quedaban holgadas, ni el dejar de tener la regla, ni siquiera el que sus pasivos padres comenzaran a preocuparse, ni que Marc le insinuara que le gustaban las chicas con carne que poder coger, le hicieron desistir de sus insensatos intentos de seguir adelgazando. A sus quince años, con un metro y sesenta y ocho centímetros, sólo pesaba 42 kilos.
Su ceguera era tal que, ingenua como nadie, creyó a sus padres cuando le dijeron que la llevarían al endocrino para que la ayudase a adelgazar. Pensó de verdad que sus padres seguían viéndola gorda y que el problema era tal que un endocrino habría de intervenir para ayudarla a bajar peso. Pero no. Era una burda estrategia para encerrarla en una clínica para anoréxicas, donde el médico era el enemigo y la más mínima cantidad de comida el arma destructiva que acabaría con la única forma de vida que merecía la pena vivir: la de una chica delgada.
La enfermera (una de las soldados contra los que luchaba día a día), interrumpió aquel torrente de recuerdos entregándole una carta.
Diana reconoció la letra infantil de Lucas, su hermanito pequeño. Ocho años recién cumplidos, mientras ella estaba allí dentro, regordete, con una sonrisa preciosa y mellada, ojitos brillantes y vivos, siempre dispuesto a abrazar e idolatrar a su hermana mayor hiciese lo que hiciese. Había hablado con él cada semana desde que la habían encerrado, pero no les habían dejado verse. Emocionada, leyó la carta, sonriendo con dulzura ante las faltas de ortografía:
"Querida Diana:
Soy Lucas, tu hermano. Te escribo esta carta para mandarte una foto. Quiero que me veas, que recuerdes cómo soy, porque hace mucho que no nos vemos. Mamá y papá dicen que estás en el hospital porque no quieres comer. Que crees que estás gorda y por eso no comes. A veces lloran porque si sigues así te vas a morir. Yo no quiero que te mueras, pero tú eres la mayor y sabes mejor que yo las cosas. Si tú crees que es mejor no comer, aunque puedas morir, antes que estar gordo, será que es verdad. He pensado que yo también voy a dejar de comer, que da igual lo que digan papá y mamá, tú tienes razón. Si tú me dices que no coma más, no como. Y si me dices que coma, comeré. Pero sólo si comes tú también. Si me dices que coma y tú no comes, no te creeré, y dejaré de comer igual que tú. Tienes que demostrarme que lo que me digas es verdad. Espero tu respuesta, y también espero saber por nuestros padres si cumplirás lo que me digas.
Un beso de tu hermano que te quiere mucho y que siempre seguirá tus pasos:
"Queridísmo hermanito:
No. Nunca debes dejar de comer. Estás perfecto como eres, y a quien no le guste, que no mire. Tu vida vale más que tu físico. He sido una tonta. Me va a costar, pero voy a ponerme bien, voy a comer todo lo que me digan y voy a salir allí para darte un abrazo gigante y poder pedirte en persona que me perdones. Porque por mi culpa has estado a punto de ponerte en peligro. Y prefiero mil veces egordar a perderte. Gracias por abrirme los ojos, enano.
Un beso de tu hermana:
Sonrió satisfecha. Quedaba mucho camino, pero valdría la pena si al final del mismo podría estar de nuevo con la persona que más valía la pena del mundo: Lucas.
Lorena Hernández Vela.
martes, 3 de febrero de 2009
Intoxicación
Llegó a su portal más tarde de lo previsto. Se había distraído trabajando, y cuando quiso darse cuenta, ya eran las siete. Hacía media hora que debería haber llegado. Maldiciendo su descuido, se despidió de Edu, su compañero, y subió al coche, que no tardó en desparecer a gran velocidad por la esquina. No tardó ni cinco minutos en recorrer el trayecto que normalmente transitaba en cerca de diez. Ante el timbre, empezó a sudar, nervioso. Tras un largo día de trabajo, lo último que deseaba era discutir con ella... Y aún así, sabía que eso era lo que le tocaba.
Ella bajó, más arreglada de lo normal ("he tenido tiempo más que de sobra", solía decirle, con actitud de estudiada indiferencia, cada vez que él se retrasaba), con la cabeza bien alta y los labios fruncidos. Y lo que era peor, sin dirigirle una triste mirada. Eloy sintió una punzada de dolor en el estómago. Otro día de malas caras, de frialdad, de indirectas cargadas como dardos. ¿Qué eran treinta minutos? Se le había pasado por alto la hora...
Alba, por su parte, deseaba de corazón no enfadarse. Sin embargo, estaba cansada. Quería a Eloy con toda su alma. Esperaba cada día ansiosa su llegada, y cada minuto que pasaba en su reloj era motivo de alegría para ella, porque el recorrido de las agujas la acercaba más y más a sus brazos. Cuando por fin llegaba a la hora en que él debería llegar, cada segundo era eterno. Y él se empeñaba en eternizarlos aún más. Siempre olvidaba llamarla para avisarla. Ella dejaba sus planes a un lado para sus citas, y él las olvidaba y la hacía esperar de brazos cruzados sin una explicación. Si al menos le enviara un mensaje al móvil en el que le dijese que llegaría tarde, la cosa no tendría importancia. Pero no, él lo olvidaba todo por completo. Y ella siempre intentaba no enfadarse. Hasta que había decidido poner cartas en el asunto y hacerle saber a su chico que estaba cansada de esa situación. Por eso, en el último mes de su año y medio de relación, las discusiones eran cada vez más frecuentes. El chico no entendía por qué se enfadaba, si él sólo estaba trabajando; la chica no entendía por qué no era capaz de avisarla de su tardanza.
Eloy, ese día, estaba de mal humor. Había discutido con su padre por la mañana, con su jefe en el trabajo... Ya hora también ella le echaba en cara tonterías. Empezaron tratándose con indiferencia pero educación, hasta que al final, una palabra mala llevó a la otra y los acabaron por levantarse la voz.
-Es que estoy harta, ¿me oyes, Eloy? Harta de que pienses que eres el ombligo del mundo, de que yo deba estar preparada para la hora en que habíamos quedado, y que para ello deje los trabajos de clase, los cafés con las amigas, ¡todo!, y que luego tú, sin avisar, llegues cuando te parezca oportuno.
-Cuando me parezca oportuno no, Alba: cuando mi trabajo me lo permite. Ojalá yo también pudiese hacer planes que puedo posponer como tomar café, pero no, yo trabajo, ¿sabes? Tengo que ayudar en casa porque no soy rico.
- Pues llama por teléfono...
- Y me gasto el sueldo en saldo para llamarte a ti cada día, ¿no?
-No, dame un toque y yo te llamo a ti... Aquello sentó bastante mal a Eloy, puesto que se sintió herido en su orgullo. Se le juntó todo: sus problemas económicos, el mal humor de su padre desempleado, la pelea con su jefe y la posibilidad creciente de perder el trabajo con el que alimentaba a sus dos hermanos pequeños... Y reventó:
-Alba, no quiero tu caridad, y mucho menos tus estúpidos enfados. ¿Estás harta? ¡Yo más! Si tan malo soy, mira dónde tienes la puerta del coche.
Herida, bajó del coche y dio un portazo. Con lágrimas en los ojos, aún pudo escuchar cómo él le gritaba desde la ventanilla:
-¡Y no vuelvas a dar un portazo así! He tenido que trabajar mucho para pagar este coche como para que ahora cojas tú y te lo cargues, ¿sabes?
Pasaron quince días en los que los dos sufrieron. Eloy, más fuerte y acostumbrado a evadir mentalmente los problemas, pudo pasar el primer día absorto en los videojuegos que compartía con sus hermanos, mientras Alba luchaba contra la opresora tentación de llamarlo por teléfono. Finalmente, logró vencerla. Fue el segundo día cuando, pensándolo fríamente, Eloy se dio cuenta de cuánto la quería y, arrepentido, la llamó constantemente. Pero ella ya había ardido en el fuego de la rabia, e ignoraba el sonido de su móvil una y otra vez. Y así fueron sucediendo los días.
El primer fin de semana llegó, y la chica salió esperanzada de ver a su adorado Eloy y así poder arreglar las cosas cara a cara. Pero no fue así, ya que él había decidido quedarse viendo la tele, porque pensó que no podría ver el precioso rostro de su chica y sin poder besarla. Si no le había contestado al móvil, debía ser que se había pasado más de lo que creía…
La siguiente semana transcurrió con la dolorosa aceptación. La sucesión de días sin saber nada el uno del otro los partía en dos: sus cabezas les decían que habían quemado todas las oportunidades de volver a quererse, pero su corazón tiraba con fuerza y les rogaba que mantuviesen las esperanzas. Pero, ¿cómo esperar arreglarlo si ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder?
De nuevo llegó el sábado. Alba salió otra vezcon sus amigas, por no admitir que prefería quedarse en casa llorando por mirar las fotos de su viaje a Asturias, de sus tardes en el campo, o en el parque con los dos hermanitos de Eloy… Que prefería escuchar canciones lentas con letras que hablasen de desamor, antes que bailar sabiendo que jamás volvería a abrazarlo. Se resignó a echarlo de menos en la discoteca, donde tantas veces se habían besado y habían bailado juntos, por no preocupar a unas amigas que lo daban todo por ella. Pese a todo, cada diez minutos dirigía su mirada a la puerta, para ver si lo veía aparecer.
Fue en una de esas miradas cuando lo vio entrar. Él, con su cara morena y sus ojos verdes como los prados que visitaron juntos en sus vacaciones, con su sonrisa tímida y ese pelo fuerte que invitaba a ser acariciado… Recordó todas las veces que besaba esa cabecita y cerraba los ojos para aspirar el fresco aroma a limpio de su pelo negro… Y sintió el impulso de abalanzarse sobre él, de abrazarlo tan fuerte que no pudiera escapar. Se contuvo, pero lo miró fijamente, esperando su respuesta. Él sintió como sus penetrantes ojos negros se le clavaban como agujas, y quiso gritar e implorar su perdón, pero el miedo al rechazo, a que una negativa echase a perder todas sus esperanzas, quemaban su pecho como el peor de los incendios. Por eso pasó por su lado sin mirarla. No podría hacerlo sin romper a llorar… Alba, incapaz de comprender los motivos por los que Eloy, el chico que tantas veces la había arropado por las noches antes de marcharse a su casa, la ignoraba ahora, volvió a notar la rabia en sus entrañas, golpeándola con fuerza. La música se metía por cada poro de su piel, y empezó bailar con desenfreno, dejando libres a los sentimientos que la atormentaban. Derrochaba sensualidad, bailando con tanta naturalidad, y no tardó en acercarse un chico muy atractivo. Seguro que era un engreído. Estaba a punto de mandarlo a paseo. Miró a Eloy y vio que éste los miraba a ella y al plasta de turno. “Con nadie, tesoro. Con nadie que no seas tú. Míralo bien”, pensaba al tiempo que fijaba su vista en su ex (cómo dolía llamarlo así). Las primeras palabras de rechazo empezaron a salir de su boca, pero entonces vio cómo Eloy le sonreía y levantaba el pulgar en señal de aprobación. Acto seguido articuló unas palabras de modo que ella pudiera leerle los labios: “Adelante, dile que sí”. A pesar del mareo que sentía al ver las manos de aquel chaval en la cintura de Alba (de su princesa, de única chica que había conseguido hacerle estremecer), sabía que no tenía derecho a interferir en su vida. Ya no estaban juntos, él había antepuesto su orgullo a la felicidad de ambos, y nada le permitía reprocharle el buscar consuelos en aquellos brazos producto del gimnasio que a todas luces eran mucho más atractivos que los suyos. Por eso se vio impulsado a hacer de tripas corazón y alentar a la chica a dejarse llevar, por más doloroso que le resultase.Ese gesto escoció a Alba en lo más hondo de su ser. ¿De verdad le daba igual que estuviese con otro? Si ella no quería ni imaginarse al lado ninguna persona que no fuese él… Pero Eloy seguía sonriendo, le dio la espalda y siguió bailando, ignorando cómo los latidos del corazón de la joven retumbaban bajo su pecho. Vale, pues se iba a enterar. Miró al rubio que se había interesado en ella. Un creído, se le notaba a la legua. Ni por todo el oro del mundo haría nada con él. Pero un baile, para bajarle los humos a Eloy, no estaría de más. Quería demostrarle que podía disfrutar con él. Quería, sobretodo, engañarse y ser ella quien lo creyera.
A Eloy le subieron las lágrimas a los ojos cuando Edu, su mejor amigo, le dijo que Alba bailaba con el rubio enfervorecida. Se las secó rápidamente. No tenía derecho a fastidiar la noche de Alba. No podía acercarse y pedirle perdón, porque ella ya era feliz lejos de él… Pese a esos pensamientos, sentía el imperioso impulso de acercarse a ella, de suplicarle que volviese a mirarlo con el azabache de sus ojos cargado de amor… En vista de que la lucha estaba resultando demasiado pesada para él, decidió beber más de lo acostumbrado, ahogar su dolor (y su conciencia) en alcohol.
Todo a su alrededor empezó a perder la nitidez. Se movía de forma patosa, y notó cómo sus amigos lo sacaban fuera y le secaban las lágrimas (¿lágrimas? ¿Estaba llorando de verdad?), al tiempo que él empezaba a oírlos más y más lejos sobre comas etílicos… ¿De quién hablaban? No lograba entenderlo todo, pero se compadecía del chico del que estuvieran hablando… Parecía que sus oídos estaban llenos de algodón… Empezó a ver de manera intermitente… Sus amigos le pegaban en la cara… ¿Por qué le pegaban? Él no había hecho nada malo… Lo último que alcanzó su vista fue cómo uno de sus colegas (no sabría decir cuál), corría hacia dentro de la discoteca.
Fue cuando volvió abrir los ojos cuando vio a Alba. Cuando la vio llorar gritando su nombre. Cuando bebió aquella lágrima que le hizo recordar que ya no era el dueño de sus besos ni de sus caricias. Sollozaba frases que no comprendía. “Eloy, no te mueras, por favor, mi vida… No te mueras”. ¿Él? Se estaba muriendo… No, ya se había muerto… Porque Alba estaba con él y ella era el cielo… Su cielo… “Te quiero”, quiso decirle… Pero esa frase salió de los labios de ella y no de los suyos. Tardó en comprender por qué las palabras de su cabeza se materializaron en la boca de ella. Y cuando logró entenderlo, fue del todo feliz. Ella también lo quería. Entonces cerró los ojos de nuevo, tranquilo, descansando…
Despertó en un lugar muy blanco. Entonces, eso era el cielo de verdad. No estaba Alba… Miró a su alrededor con un nudo en la garganta… Entonces los vio a su lado: a sus padres, a Albertito y Violeta (sus dos hermanitos), a los amigos con los que había salido… Y a Alba.
-Princesa…- murmuró en un susurro apenas audible. Ella, con los ojos anegados en lágrimas, se acercó al borde de la cama, apoyó la cabeza en su pecho y empezó a gimotear palabras ininteligibles. Él aspiró el olor a flores de su pelo, l asió por los hombros y le dijo:
-¿Serás capaz de perdonarme?
-Sólo si nunca vuelves a beber hasta el coma etílico nunca.
- Te lo prometo. Y tampoco volveré a llegar tarde sin avisar. – Alba rió, con esa risa sincera y espontánea que sólo ella tenía.
-Hacemos un trato: ven a la hora que quieras cada día, pero sano y salvo. Eso es lo verdaderamente importante.
domingo, 28 de diciembre de 2008
Volver a la normalidad
Nico se levantó de un salto de la cama. Recordó cómo hacía tan solo unos meses le costaba mucho despertarse. Siempre suplicaba a mamá que la dejase un rato más arropadito entre las sábanas. Le encantaba sentir el calor al tiempo que miraba por la ventana y veía la escarcha en los árboles. Adoraba cerrar los ojos fuerte, muy fuerte, y sentir ese soporcillo tan agradable de quien se encuentra entre el sueño y la vigilia. En aquella época, la cama le parecía un lugar seguro, donde ningún mal podía trepar hasta el colchón. Pero hacía un año que todo había cambiado. Ahora su mayor anhelo era que el sol saliese lo antes posible y se ocultase cuanto más tarde mejor, para disfrutar de su vida fuera, saltando, corriendo, abrazando a su familia, notando el aire en su carita infantil hasta que los mofletes se le pusieran rojos.
Se quitó el pijama azul casi con furia, y se puso el uniforme del colegio que tanto había aborrecido. Los cereales le supieron a gloria, aunque nunca habían sido su desayuno favorito. Sonreía feliz, contento de poder repetir las rutinas que antes le habían hastiado. Se lavó los dientes, las manitas, y miró de soslayo el peine y la gomina, tratando de no pensar en ello. Agarró su mochila nueva, la que le habían comprado entre todos sus compañeros de clase y Gabriel, el profe, cuando había estado en el primer hospital. Después, salió corriendo con papá hasta el coche.
Mientras avanzaban hacia el cole, empezó a sentirse nervioso. Hacía mucho que no veía a sus amigos. ¿Y si se habían olvidado de él? Después de casi un año en Estados Unidos... Todos habían podido celebrar juntos cumpleaños, festivales de Navidad y de verano, excursiones... Y él había faltado a todos esos eventos. Cuando se marchó, estaban empezando segundo, y ahora ya casi terminaban tercero... Habían aprendido a dividir por separado, y también habían hecho la Comunión en lugares muy diferentes. Sí, casi seguro que se habrían olvidado de él.
Estaba pensando todo eso cuando al fin llegaron. Los recibió Gabriel, el profe. Les contó que ese año, el grupo ya tenía una seño nueva, Carmen, pero que él quería colaborar en la sorpresa que les iban a dar.
- Ya verás qué contentos se ponen al verte todos, Nico. Todos se acuerdan de ti mucho y siempre hablan de las ganas de verte que tienen, pero ninguno se imagina que ya has vuelto a la escuela.
-Entonces... ¿no me han olvidado?
-¿Que si te han olvidado?- Gabriel se puso a reír muy fuerte- Nico, este curso llegó una chica nueva a clase, Amanda. Le han hablado tanto de ti, que incluso ella te echa de menos. Eres un miembro muy importante de la clase, y todos esperaban ansiosos a que volvieras. ¿Quieres entrar?
Como el niño asintió, el profesor llamó a la puerta. Se oyó desde dentro una voz que les dio paso. Gabriel abrió y le hizo una seña de que se escondiese y guardara silencio, y entonces dijo a la clase:
-Chicos, tengo una sorpresa para vosotros.
Agarró a Nico de la manita y lo metió en la clase.
-¡Nico!- gritaron todos. La clase se convirtió en una jaula de grillos. No había nadie sentado, todos chillaban y saltaban alrededor de su compañero, deseosos de abrazarlo muy fuerte de nuevo y de preguntarle que qué tal estaba. Aunque estaba un poco abrumado, el recién llegado se encontraba feliz.
Carmen, la nueva profesora, se portó muy bien y entendió que ese día era tan especial, que preferían estar con Nico en lugar de dar clase. Así, el niño pudo pasarse la mañana jugando con sus amigos, tal y como llevaba un año deseando. De pronto, se fijó en una niña que no conocía, y que se mantenía apartada, tímida. Él le sonrió, de manera que la pequeña se acercó, más confiada.
-Todos te quieren mucho. Siempre me hablan de ti. Sé que has estado muy malito. Mi mamá me ha dicho que la enfermedad que tú has tenido es muy peligrosa y que duele mucho, pero que tú te estabas curando. ¿Estás curado del todo?
-Sí, ya sí. Tuve una enfermedad que se llama cáncer, y mis padres me llevaron muy lejos para que me pincharan medicinas que aquí no habían y me hicieran operaciones que aquí no se saben hacer. Por eso se me cayó todo el pelo y muchas veces tenía angustia, pero ahora ya no hace falta nada de eso. Estoy curado.
-Me gustaría pedirte un favor. No vuelvas a ponerte malito. Aquí, en clase, todos te han echado de menos. Cuando yo llegué, estaba muy ilusionada pensado que lo pasaría genial con unos nuevos amiguitos. Pero al conocerlos, estaban todos tan tristes. Nadie quería hacer fiestas, ni jugar, ni cantar canciones... No se parecía a mi antiguo cole. Ahora que has vuelto, todos están tan contentos... Tienes que mantenerte bueno para siempre. Y así esta clase seguirá estando feliz.
Nico se rió, orgulloso al darse cuenta de que de verdad era importante en la clase, pero triste al mismo tiempo por pensar que unos amigos tan buenos como los suyos habían estado tan apenados.
-De acuerdo. Lo intentaré -contestó riendo.
Carmen interrumpió la conversación para repartir el material de clase.
- Venga, chicos, quiero que hagamos unas operaciones ahora. Hay que volver a la normalidad.
Nico pensó que las operaciones matemáticas eran mejor que las operaciones de hospital. Y que los lápices y bolígrafos eran mejores que las jeringuillas. Y madrugar por las mañanas era mejor que quedarse todo el día en la cama con fiebre y dolores. Incluso pensó que era mejor estar castigado por un profe que recibir mimos de una enfermera.
Definitivamente, volver a la normalidad era lo más bonito que le había pasado en la vida.
Bueno, como hoy es el día de los Santos Inocentes, ya se sabe que con lo de la gala de Antena 3, en la tele nos toca ver hasta la saciedad imágenes relacionadas con esta historia. Es algo horroroso, desgarrador... Por eso quería que el relato diese un rayo de esperanza. Y es que de estas cosas se puede salir. Por más duro que sea y más sufrimiento que implique, los enanos son muy fuertes, y hay que apoyarles en su lucha contra esa enfermedad.
Y es que no habría nada mejor que el que la historia de Nico se hiciera realidad en el caso de cada uno de los mini-monstruitos que tienen la desgracia de pasar por ese duro trago.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Sin luz al final del túnel

El silencio que la envolvía tan solo se quebraba con el sonido de sus sollozos.Atrás dejaba las risas, los juegos, el alcohol. Atrás lo dejaba a él. Por delante, hasta donde le llegaba la vista, no había nada que no fuese la más absoluta oscuridad. Y hacia allí se dirigía, a adentrarse en las fauces de la noche, donde no vería a nadie y nadie la vería a ella.
Tenía la piel de gallina y temblaba con violencia, pero no era consciente del frío que entraba en su cuerpo, así como tampoco notaba cómo los ojos le escocían, enrojecidos por el llanto. Ni se daba cuenta del hilillo de sangre que descendía por sus piernas y dejaba una estela apenas visible allí por donde pasaba. Lo único que tenía en su mente era el dolor tras descubrir que lo que había comenzado en el más ansiado de sus sueños se había convertido en la peor de las pesadillas.
Su mente se remontó al domingo, seis días antes, cuando lo vio por primera vez. Ella estaba esperando el autobús, y a lo lejos vio cómo un joven se acercaba. Su aspecto era bastante desaliñado: llevaba el pelo muy largo, despeinado y bastante grasiento, la camiseta llena de manchas y unos vaqueros desgastados y con varias rasgaduras. No le dio importancia, pues desde niña había sabido no juzgar por las apariencias. Sin embargo, tan pronto como el chico llegó a su altura, le dio un tirón a su bolso y salió corriendo con él. Y, por tanto, con las llaves de casa, la cartera con los 500 euros que acababa de cobrar, el móvil y las fotos. Muchas de ellas de su madre.
Trató de perseguirlo, pero él era mucho más rápido, y además había que sumar los segundos que había estado paralizada a causa del estupor. Sabía que no lograría darle alcance. Justo cuando estaba a punto de desistir, surgió de la nada otro chico. Un chico alto, fuerte, que parecía brillar con luz propia, como si un aura dorada lo rodease. En apenas un segundo derribó al ladrón y recuperó el bolso para devolvérselo a su legítima dueña.
-Largo de aquí o te daré una paliza, gilipollas- le espetó. El otro obedeció de inmediato, y se marchó maldiciendo por lo bajo a aquel héroe imprevisto.
-¿Estás bien? – le preguntó, y sonrió dejando al descubierto unos dientes perfectamente alineados y de un blanco inmaculado. Además, se le hicieron dos encantadores hoyuelos en las mejillas.
-Sí, sí… Muchas gracias… Si no llega a ser por ti…- contestó ella titubeando, turbada ante la belleza del muchacho.
-No tienes que agradecerme nada. Siempre es un placer ayudar a princesas en apuros. Me llamo Víctor, ¿y tú?
Ella, hechizada por su dulce voz y el azul de su mirada, contestó. Y pasaron toda la tarde hablando. En poco más de cuatro horas le contó cosas que jamás habría contado a un completo desconocido, como la muerte de su madre tras una larga enfermedad, la depresión que por eso sufría su padre y que le había dejado sin empleo y sin dinero para el alquiler. También le explicó que su tía se había ofrecido para hacerse cargo de ella y de su hermana pequeña mientras su padre se recuperaba, pero que él no daba muestras de mejorar en absoluto y lo más seguro era que tuviesen que quedarse para siempre en aquel lugar donde no conocía a nadie y donde tan sola estaba. Víctor, después de escuchar con atención y asentir con una mirada llena de cariño, solidaridad ye empatía, le dijo:
-Pero ya no estás sola. Ahora tienes un amigo. Puedes venir y contar conmigo cuando quieras.
Y así fue como, por primera vez en más de medio año, pudo volver a sentirse feliz. Quedaban cada día en aquella calle en la que él había actuado cual príncipe azul liberando a su princesa. Tomaban café, jugaban al billar, paseaban o simplemente charlaban durante horas en un banco. Y cuando parecía que las cosas no podían ir mejor, Víctor lo hizo: duplicó su felicidad al proponerle que al día siguiente, que era sábado, saliese con él y sus amigos de fiesta. ¡Por fin encontraba un grupo de gente! Y encima entraría en él de la mano de un chico tan maravilloso como aquel.
Pasó toda la tarde del sábado pensando qué ropa ponerse. Desde que falleció su madre no había vuelto a arreglarse. Hacía mucho que no llevaba falda ni dejaba sus delicados rizos color azabache sueltos. Los tacones y las pinturas estaban olvidados aún en las cajas de la mudanza. Pero la vida volvía a tomar su sentido y se acicaló llena de ilusión.
Cuando Víctor la recogió con su coche, se quedó sin palabras al verla. La miró de arriba abajo sonriendo. Luego sólo pudo decir que estaba preciosa. Condujo un rato en silencio, dirigiéndole varias tiernas miradas cada vez que se detenían en un semáforo. Al final rompió él de nuevo el silencio:
- Bueno, te voy a contar un poco los planes de la noche. Vamos a ir a una zona apartada, en mitad del campo, para beber un poco, porque en las discotecas está todo muy caro. Cuando estemos aburridos de estar allí, iremos a algún lugar con más ambiente. Luego volvemos todos en el monovolumen de un amigo, y cada fin de semana le toca a uno no beber para poder conducir. Somos siete justos, así que no hay problema. Te voy a hablar un poco de los demás, para que sepas algo de ellos cuando te los presente. Uno de ellos es Manuel, que es el macarrilla del grupo, aunque buena gente. Gonzalo es el bromista, siempre encuentra alguna gracia que decir, seguro que te ríes mucho con él. Con Andrea fijo que haces buenas migas, es un alma solidaria, trabaja como maestra voluntaria en la planta de pediatría del hospital. Luego está Borja, el tímido… A simple vista parece un poco raro, pero es porque le da mucho corte hablar con personas nuevas. Y la que queda es Laura, la artista del grupo. Si le dices cualquier cosa relacionada con la pintura, la tienes ganada.
Por fin llegaron al descampado en el que ya estaban todos esperándolos para el botellón. En cuanto hicieron las presentaciones, todos se mostraron realmente simpáticos, excepto Borja, que de verdad parecía tan introvertido como le había advertido Víctor. Se fijó un rato en él, porque parecía nervioso y bebía mucho más rápido que los demás. Su cara le sonaba, pero no sabía de qué. No le dio importancia porque lo estaba pasando genial, y además acaba de probar por primera vez la sensación de euforia que produce el alcohol. Estaba talmente desinhibida, y no paraba de reír con los chistes de Gonzalo. Al rato se fue con las chicas a escuchar música al monovolumen de Manuel, y se sentía al cien por cien integrada. Vio como Borja se alejaba del resto del grupo y se perdía en la espesura del bosque.
- Borjita ya va mear…Normal, si está bebiendo como una esponja…- dijo Laura.
Poco después llegó Víctor y le susurró al oído que si lo acompañaba al coche a por un CD para Gonzalo. Ella, por supuesto, aceptó. Bajó de un salto, y casi pierde el equilibrio, bebida como estaba, pero él la cogió por la cintura, y todos rieron. Así, con él rodeándola con sus brazos, fueron caminando hacia adelante, mientras se alejaban del resto de jóvenes.
-Tu coche no está por ahí –balbuceó sonriendo al tiempo que lo miraba con admiración.
-Ya, es que… Era una excusa… En realidad lo que quiero es pasear contigo y llevarte a un lugar donde se ven las estrellas y la luna, que hoy está llena y brilla casi tanto como tus ojos.
Un cosquilleo recorrió su cuerpo y pensó en la suerte que había tenido al conocerlo. Encima de ser tan sumamente guapo, era un cielo. Lo apretó con fuerza y siguieron caminando durante cerca de media hora. Estaba bastante cansada, y el efecto del alcohol comenzaba a desaparecer. Hacía rato que la luna se había visto claramente, de hecho ya había vuelto a ocultarse entre el manto de ramas y hojas que cubría los árboles, y ellos seguían avanzando sin descanso, pero ella estaba tan cómoda a su lado, que le daba igual andar hasta que saliera el sol. De pronto, una figura fue definiéndose ante ellos en la oscuridad hasta que pudo reconocer a Borja.
-Ya era hora, macho. Pensaba que me explotarían los huevos esperando a que me trajeses a la zorrita.
Le extrañó mucho oír a Borja llamarla así, y miró a Víctor para ver su reacción, y su sorpresa fue mayúscula al ver que éste la agarraba por los brazos con fuerza desde atrás, inmovilizándola. Borja la agarró por las piernas y se sentó sobre ellas, obligándola a dejarlas abiertas. Una vez tumbada, la cogió de los brazos, de manera que Víctor quedó con las manos libres para amordazarla.
-Date prisa, tío. Dame las pelas que habíamos acordado y deja que me pire. Paso de ver cómo te follas a la niñata ésta- dicho esto, Víctor volvió a cogerle los brazos, ignorando sus sollozos bajo el pañuelo, mientras Borja sacaba un fajo de billetes y se los metía en el bolsillo para volverla a sujetar entre los dos. Entonces Víctor la soltó del todo y se levantó.
- Que te aproveche, aunque no sé qué le ves... ¡Si está más plana que una tabla de planchar!- fue lo último que dijo antes de marcharse y llevarse con él el poquito de dignidad que aún le quedaba a la muchacha.
-¿No te acuerdas de mí, zorrita?-le dijo Borja mientras se desabrochaba el pantalón, aún sentado a horcajadas sobre su cuerpo-. No sabes lo que te va a doler que te desvirgue… Porque eres virgen, ¿verdad? Claro, una niñita de 16 años con esa cara de mosquita muerta… Pero tranquila, que yo te voy a dar una primera vez inolvidable- acercó su cara a la de ella, echándole su aliento impregnado de alcohol directamente sobre la nariz-. Seguro que hubieses preferido que te robase el bolso, no parecías tan asustada entonces como ahora.
Entonces lo comprendió todo: Borja era el chico que le robó el bolso hacía seis días. Por eso le sonaba. Sólo que ahora presentaba un corte de pelo pulcrísimo, un afeitado del todo apurado y lucía ropa de niño rico. Ese era el motivo de que no lo hubiese reconocido. Pero, si Borja era el ladrón y ya conocía a Víctor, deberían haberlo tenido todo planeado… Así que ya no cabía duda. Había sido víctima de la más burda mentira de su vida.
-Tu principito necesitaba pelas, y yo estaba encaprichado de ti desde que te vi la primera vez en la parada del autobús, frente al restaurante de mis padres, cada tarde. Así que hicimos un negocio: como a mí el dinero me sobra, sólo necesitaba el encanto para enamorarte, que es lo que le sobraba a él… El resto ya lo sabes. Ahora me toca recibir los beneficios de mi compra.
Entonces le abrió aún más las piernas y embistió con fuerza dentro de su cuerpo. Sintió que algo se desgarraba, y aun estando amordazada, sus gritos y sollozos retumbaban en la penumbra mientras Borja empujaba sin compasión y le tocaba con brusquedad por zonas que ella no quería ni pensar. Las piedras se le clavaban en la espalda, sobretodo después de que él le levantara entre golpes la camiseta. Siguió tocándola, lamiendo su cuerpo con su asquerosa saliva impreganda en alcohol al tiempo que continuaba arremetiendo contra ella. Estuvo así unos minutos más, y por fin paró de moverse. Se quedó quieto sin salir de dentro de ella, respirando dificultosamente. Al poco rato se levantó, encendió un cigarro y le escupió en el rostro bañado en lágrimas de la chica. Luego se agachó y cogió su bolso, el mismo que había cogido el domingo anterior.
-Yo nunca dejo nada a medias, zorrita. Así que esto me pertenece.
Y la dejó allí, con la única compañía de su propio llanto. Y allí empezó un camino que sólo conducía a la oscuridad.