jueves, 24 de diciembre de 2009

El Festival de Navidad



Odiaba el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad. Le parecía un día horrible. Todos los niños esperaban esa fecha con enorme ilusión, pero no todos los niños eran como él.
Se había despertado, como cada mañana, a las ocho para arreglarse antes de ir al colegio. Se había escogido él sólo su ropa (un jersey de lana rojo lleno de bolitas y sus pantalones negros agujereados, las dos prendas de las pocas que había en su casa que, al menos tenían los colores de los trajes de pastorcillo de sus compañeros). Se vistió sin ayuda de nadie, abrochándose mal los botones y dejándose los faldones del jersey medio pillados, de manera que parte de su espalda quedaba expuesta al frío. Bebió un trago de leche rancia directamente del cartón, y dio gracias al cielo de que, al menos, ese día el almuerzo lo organizaban las mamás del resto para todos. Así no pasaría la vergüenza diaria de pedirle al menos un batido a Loli, su maestra.
Salió de su pequeña habitación y corrió al comedor, donde vio a su madre tumbada en el sofá junto a un hombre, ambos semidesnudos. Al lado, sobre la diminuta mesa en la que rara vez se había colocado un plato de comida, los restos quemados de papel de aluminio, el polvo blanco junto a los carnets de identidad y la botella vacía de vodka indicaba que, como casi cada noche, su madre había decidido vender su cuerpo a cambio de sustancias que la hicieran evadirse del mundo real.
Con siete años, él ya era todo un experto en ese mundo. Sabía perfectamente cuáles eran los efectos de la drogadicción y había visto a su madre yacer junto a decenas de hombres.
Mientras sus amigos pasaban las tardes ante la televisión y los videojuegos, él se encerraba en su cuarto tratando de ignorar los gemidos de su madre y del cliente de turno. A una edad en la que pocos niños de su clase ayudaban alguna vez en casa a quitar la mesa, él era, en la suya, el encargado de recoger los restos de cocaína que las manos temblorosas de quien debería haberle cuidado dejaban caer. A pesar de que a su edad todos los niños acudían a sus madres para que les curasen las rodillas raspadas tras una caída, él llevaba mucho tiempo aplicando antiinflamatorios en los morados que poblaban la débil piel de la suya cuando algún cliente insatisfecho o con ganas de sentirse superior la golpeaba como a una vieja muñeca.
Cristian no era en absoluto un niño feliz. Hacía mucho tiempo que no sonreía, y aunque trataba de ser buen estudiante, cada vez le costaba más concentrarse en las lecciones, tanto en casa como en clase. Sin embargo, le encantaba el colegio. Le resultaba curioso que al resto de sus compañeros se les hiciese eterno el paso del reloj cuando estaban allí y esperaban ansiosos la hora del patio. Él adoraba estar en clase. Sobretodo por estar junto a Loli. Cristian hubiese dado casi cualquier cosa porque su mamá fuese como ella…
Iba pensando en todo eso cuando llegó a la escuela. Todos los niños iban vestidos de pastorcillo. Aquel era el último año que lo harían, puesto que al siguiente ya estarían en tercero, y los chicos mayores ya no se divertían de esa manera. Él suspiró con aplomo. Ninguno de sus cinco primeros años de escolarización, en los que los niños celebran la llegada de la Navidad cantando vestidos de pastores, él había podido hacerlo. Siempre llegaba con su ropa vieja que trataba de parecerse a la del resto sin llegar a asemejarse en lo más mínimo. Todas las miradas en el escenario que se dirigían a él eran para preguntarse que por qué ese niño iba vestido de pobre y no de pastor que adorase al niño Jesús.
“No llores”, se dijo. No había llorado a los tres, ni a los cuatro, ni a los cinco, ni a los seis años, porque creyó a todo el mundo cuando le dijeron que un pastor puede ir vestido con vaqueros raídos. Pero a los siete años ya era lo suficientemente mayor para saber que no era así. En el portal de Belén nadie llevaba pantalones desgastados que le quedasen cortos ni un jersey gastado. Pero si bien era mayor para saber eso, también lo era para llorar. A los siete años sólo lloran los niños de mamá. Y él no lo era. Cristian debía ser fuerte porque nadie iba a serlo por él. Y sin embargo… Sin embargo una lágrima empezó a deslizarse por su mejilla. Se la secó con rabia, y aspiró aire fuerte con la nariz, para justo después seguir andando al frente con fingida indiferencia.
Pasó junto a un grupito de niños que charlaba sin prestarle apenas atención.
-A mí Papá Noel me va a traer una cocinita- dijo Sara.
-A mí un coche teledirigido- quiso apuntar Raúl.
-Pues yo me he pedido un balón, un videojuego y una bici- se pavoneó Martín.
-La bici que me traerá a mí va a ser la de Hello Kitty- sonrió Laura.
“A mí me van a traer un hombre que toquetee a mi madre y unos gramos de coca”, pensó con dolor.
Entonces la voz de Loli llegó desde atrás.
-Cristian-susurró con la dulzura que su madre le negaba-. Ven.
Él la siguió con la ceguera del polluelo que sigue a la gallina, convencido de que su maestra nunca le negaría una sonrisa o una caricia por mal que hiciese las cosas. Sabiendo que ella nunca le chillaría, ni le pegaría, ni le dejaría sin comer porque se gastara el dinero en drogas. Sabía que con ella, él sería el pequeño y protegido, y no un adulto con responsabilidades. A pesar de la desconfianza que los mayores despertaban en él.
La maestra lo guió hasta dentro de la clase.
-Quítate esa ropa.
Cristian se asustó. Eso era lo que su madre les decía a sus clientes cuando ellos descubrían al niño agazapado en un rincón y se mostraban reticentes a seguir. ¿No querría ella hacerle esas cosas que su madre hacía con aquellos hombres? Porque a él le daba mucho miedo… “Es sólo sexo, no se va a morir por verlo”, decía su madre después. Pero él estaba convencido de que, aunque no se fuese a morir, no le gustaba verlo. Ni oírlo. Aunque no supiese muy bien qué era.
-¿Para qué?- preguntó con voz temblorosa.
Loli alargó su mano para sacar algo de una bolsa.
El corazoncito de Cristian empezó a latir con fuerza. ¿Y si sacaba unas esposas como las que su madre usaba a veces?
Pero no. Loli sacó algo que hizo que las lagrimillas volvieran a asomar a los ojos del niño. Pero esta vez el motivo era la alegría.
-Póntelo.
Había varias cosas. Una era un jersey nuevo, rojo también, pero para estrenar. Luego sacó también ropa interior limpia, y unos pantalones sin ningún agujero. Le ayudó a ponérselo. Por primera vez desde que empezó el colegio, alguien le ayudó a vestirse. Cuando estuvo bien abrigadito, Loli le ayudó a colocarse un chaleco de lana blanca con un zurrón y un gorrito a juego.
-Qué bien te queda- dijo la maestra-. Seguro que el niño Jesús se pondrá muy contento de ver que un pastor tan guapo le canta un villancico.
Cristian bajó los ojos con un nudo en la garganta.
-Pero te falta algo-se quejó ella, con gesto pensativo-. No se pueden cantar villancicos sin tener una enorme sonrisa en la cara.
Cristian sonrió de todo corazón. Le gustaba sentirse querido y que le trataran como lo que, por más que le negasen, era: un niño pequeño.
-Gracias por portarte como una mayor conmigo- dijo, alzando por fin los ojos. Y entonces descubrió que también en los de la joven maestra había tantas lágrimas como en los suyos.
-Gracias a ti por darme más motivos aún para convencerme de que ser maestra es la profesión más gratificante del mundo.

viernes, 18 de diciembre de 2009

¡Nieve!



A veces los malos días empiezan siendo muy buenos. Pero también los días que parecen feos pueden convertirse en preciosos.

Yo odio los jueves. Los odio. Se me hacen pesadísimos. Desde que empecé con las oposiciones, el primer martes de octubre, yo soy quien elabora mis propios horarios. Pero los jueves estoy obligada a levantarme a las ocho, coger el autobús a las nueves, entrar a clase a las diez, tomar otro autobús a las doce y media... No es en absoluto algo horrible, sino sólo cotidiano, pero hora que he sentido qué es eso de llamar al tiempo MÍO, los jueves me da la sensanción de que la mañana está presa en un malvado horario preestablecido. Es un horror. Hasta el año pasado era tan solo lo normal, pero ahora lo considero una pesadilla. Pequeña y llevadera, sí, pero pesadilla.

Este jueves empezó como todos: mirando el reloj a cada momento para pasar de hacer una cosa que no me apetece a hacer otra que me apetece menos. Pero llegó la tarde, y con ella, como siempre, también vino él.

No estaba planeado, de la nada surgió la idea, y sin pensarlo más, allí que nos plantamos: ¡EN LA NIEVE! Los dos juntitos en un paraje totalmente blanco tiritando el uno al lado del otro. Con las naricitas rosas y los labios lilas.

Fue perfecto...

Sólo tú puedes coger un jueves gris y pintarlo todo de blanco para mí...

Pero no sólo por eso te quiero...

¡Te quiero por todo!

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Confidencias con la Reina de los Consejos


¿Y si ésta es la definitiva? ¿Y si justo hoy, que no comprendo qué he hecho mal, es cuando todo se acaba?
Lo más probable, lo que me dice la experiencia (que según dicen, es la madre de la ciencia), no pasará así… La historia se repita así cada vez que… ¿Cada vez que me equivoco? ¿Que se equivoca él?... Bueno, la historia se repite cada vez. Pasarán un par de días en los que yo moriré de angustia a todas horas, con la incertidumbre y el olor a desamor grabados en la piel. Mientras, él sonreirá cuando no esté conmigo y se comportará con la mayor frialdad e indiferencia posible en cuanto me vea.
Arrogante, cruelmente.
Y cuando se haya serenado, cuando la templanza haya vuelto a sus nervios (y los míos estén fuera de quicio), él volverá a mostrarse encantador, a enseñarme los besos que guardan sus labios y la dulzura de sus gestos y palabras. Por mi parte, yo, aunque me muera por devolverle la centésima parte del daño que me ha hecho, me resignaré a olvidar los dos días de dolor y me limitaré a amarle, a envolverle con mis brazos, mi risa y mi cariño. Y todo por no perderle.
Pero hoy, hablando con la Reina de los Consejos, mi Pan Bimbo, hacedora de sándwiches de primera calidad me he planteado algo: ¿ y si eso fuese lo mejor para mí? ¿Y si me conviniese perderle?
Quizá me merezca a alguien que considere que mis virtudes puedan superar a mis defectos. Una persona que esté dispuesta a olvidar mis desavenencias con él, capaz de darme un beso para hacer las paces cuando me arrepiento de alguna tontería, en lugar de pudrir cuarenta y ocho horas cada vez que protesto por algo que él considera bueno. Es posible que yo pueda aspirar a un chico que decida que pasar horas muertas junto a mí sin abrazarme duele más que arrancarse el orgullo de dentro del alma de un tirón. A lo mejor soy digna de alguien que me necesite de la misma forma en que yo le necesito a él.
Incluso he pensado que tal vez merezca ser yo la dura en algún momento, quien lleve las riendas de la relación, la que no tenga miedo de dejarla caer al suelo y que se rompa en mil pedazos. Pasar de ser el miembro de la pareja que siente un nudo en el estómago todo el tiempo que él decida a tener en mis manos el nudo en el estómago de otra persona, para atarlo y desatarlo cuando yo quiera.
Al leer este último párrafo, la Reina de los Consejos me ha interrumpido:
-Entonces serías tú quien le estaría haciendo a otra persona lo que él te está haciendo a ti.
Y, como siempre, ella tiene razón. Por eso he llegado a la conclusión de que lo más posible es que tan solo merezca a alguien como yo: imperfecto, quejica, pero que defienda la libertad de ideas y de expresión. Y sobretodo, que conozca la sutil diferencia entre ORGULLO y DIGNIDAD, para aprender así a perdonar a los seres queridos sin hacerles pasar por la cámara de los horrores primero. Perdonar sin castigar.
Sí, tal vez sea lo mejor… Pero de todas formas, me quedaré en mi rinconcito, rogando al cielo que pase lo de siempre: que por más que me torture, acabe soltando el látigo para acariciar mis heridas con sus dulces manos de verdugo.

domingo, 19 de julio de 2009

Respeta a tus mayores y pisotea a tus menores


Siempre he sido una persona respetuosa, no sólo con la gente de bastante más edad que yo, sino con todo el mundo. Soy humana, y está claro que cuando me provocan más de lo que quisiera, no siempre puedo controlar mi tono de voz o las formas. Pero, en general, no voy por ahí faltando el respeto a la gente así porque sí. Además, me levanto de buen gusto en el autobús si veo a una señora muy mayor de pie; cuando se me pregunta por una calle contesto con una sonrisa en la boca... Y tengo 20 años.

Esto lo digo porque corre un infundado rumor acerca de la mala educación y de la falta de respeto de los jóvenes hacia sus mayores. Me paro a repasar mentalmente el trato que mis amigos y conocidos dispensan a la tercera (e incluso "segunda") edad y me sorprendo: nadie les grita, ni les amenaza, ni les pisa, ni les empuja... Diría que se les trata con cordialidad. Está claro que siempre va a haber algún idiota que haga el cafre por ahí cuya máxima diversión sea molestar al prójimo (sea cual sea su edad, que nadie se lo tome como algo personal, hay personas que son así y punto). El caso es que volvemos a las odiosas generalizaciones: porque hayan grupitos de jóvenes que no tengan ni una pizca de educación, no se puede meter a todos los menores de 40 años de una sociedad en el mismo saco. Porque por esa regla de tres, yo podría decir que son los ancianos los que tratan sin ninguna educación a los jóvenes, en base a mi experiencia con abueletes maleducados.

Véase el ejemplo de las carrozas de fiestas. Como en muchos pueblos y ciudades, en Benidorm, para las fiestas patronales, las peñas locales salen montadas en carrozas tirando caramelos. Los niños, felices, se apresuran a recogerlos del suelo con sus dulces sonrisitas pintadas en la cara. Y ahí están ellas, las abuelas que tanto increpan a la juventud su mala educación, para pisar las pequeñas manitas de la chiquillería. "¡Qué exagerada!", pensará quien lea esto. Pues no: es cien por cien verídico. Todas las personas benidormenses con las que he tratado este tema han coincidido en afirmar que en su más tierna infancia vieron cómo un tacón de bruja se clavaba en sus manos el día de las carrozas. No es broma. Ya ves tú, si a su edad esas mujeres tendrán el azúcar por las nubes y ni podrán comerse los caramelos... Parece que piensen: "Si yo me jodo sin probar esta delicia, el mocoso este del jersey de Pocoyó y chupete azul no va a disfrutar de semejante placer...".

Por si fuera poco, les da igual que un niño de tres o cuatro años no vea nada si se le coloca una señora de más de metro y medio de altura y con un cardado alucinante. Recuerdo vagamente a mi padre rogarle a una señora que me hiciese un huequecito para ver las carrozas, y cómo tras perder en la negociación, me subió a sus hombros, ganándose las quejas de otra señora porque no veía conmigo tan alta. Y un recuerdo más definido es el de cuando llevamos a Marcos, el primo de mi amiga Sheyla a verlas pasar y un matrimonio de unos 50 años (no muy mayores, vaya) no quiso abrirse un poco para que cupiese el carrito del niño, a pesar de que había sitio de sobra si se movían un pelín... Vamos, que si llegamos intentar meter el carro, yo creo que se hubiesen sentado encima para chafarlo...

Dejando a un lado "el maltrato a la infancia", vamos a pasar a chicos y chicas de mi edad... Lo que ellos conocen como "la juventud de hoy"... Me remonto a un importante partido de fútbol de esta primavera. Yo había quedado con mi novio y unos amigos para verlo en un bar, pero antes tenía que pasarme por casa de Sheyla. Así pues, le dije a mi chico que me guardasen sitio porque yo llegaría algo más tarde. Entré al bar a la hora acordada, saludé a todo el grupo y fui a sentarme en la punta más alejada de la tele, donde estaban las dos chicas que, aparte de mí, fueron a ver el partido: era el único modo de ver el fútbol y al mismo tiempo hablar con coherencia sobre algo diferente a los fueras de juego y la profesión de la madre del árbitro. Casualmente, esa silla estaba al lado de la mesa de varios matrimonios mayores. La señora que estaba más cerca de mí tiró de la silla con brusquedad (si no llego a estar atenta me hubiese estampado de culo contra el suelo) y comenzó a gritarme:

-¡No, no, no, no, no, niña! Ni se te ocurra sentarte ahí, vamos - todo esto con la furia brillando en sus ojos- Vamos, qué poco respeto, va a taparme toda la tele...

Alucinando y murmurando que la irrespetuosa era ella y que si hubiese sido uno de nosotros el que hubiese gritado así nos habrían puesto a TODOS a caldo, me senté al lado de Dani: no podría mantener una conversación normal en 90 minutos (y el descanso), pero al menos podría recibir mimitos de mi chico... Resignada, arrimé una silla a su lado, temiéndome que en el primer gol la emoción de mi macho cabrío podría causarme la muerte por infarto, pero iba muy desencaminada: el gran susto no me lo iba a dar él, sino una señora mayor de otra mesa diferente (aquel bar parecía el Hogar del Jubilado). La mujer en cuestión, una octogenaria por lo menos, corrió mi silla, puso su boca pegada a mi oreja izquierda y murmuró en un estilo entre mafioso de Nápoles y chunga barriobajera a lo Belén Esteban:

- Mira, nena, o te apartas, o te aparto.

Estuve a punto de reírme en su cara, porque me hubiese gustado ver cómo una persona de tan avanzada edad me hubiese podido apartar a mí, que no soy para Super Woman pero que... Vamos, creo que sobran las palabras...Mi fuerza física será escasa, pero seguramente superaría a la de aquella venerable ancianita... Sin embargo, en representación de mi gremio de Jóvenes Internacionales Con Educación (un conjunto de gente bastante numeroso, por cierto), me di la vuelta, la miré a los ojos y le dije:

- No señora, ya me aparto yo sola, no vaya a ser que se haga daño usted.

Total, que me pasé todo el partido en un rincón, agachadita hasta el punto de estar a punto de pillar tortícolis. Eso sí: nuestro equipo ganó y el suyo se comió varios goles. A veces existe la JUSTICIA en el mundo.

Por fortuna, no todos los mayores son así: tan sólo un pequeño porcentaje de ellos cumple los requisitos para estar nominado al Maleducado del Año. Del mismo modo que la mayoría de jóvenes somos personas normales, con educación, principios, sueños... En la vida se me ocurrirá faltarle al respeto a un anciano (ni siquiera a uno como estos de los que he hablado), pero me gustaría pedir que también ellos nos respeten a nosotros. No con el respeto que se le da a quien tiene más experiencia (ese lo merecen ellos), sino con el que viene de la tolerancia, de la cooperación, de la posibilidad deque jóvenes y mayores podamos ayudarnos unos a otros y convivir en armonía. No somos enemigos.

Aprendemos de los que van por delante de nosotros, así que sólo podemos desear que ellos nos enseñen a ser buenas personas, respetuosas y tolerantes.

viernes, 26 de junio de 2009

Celos



No conseguía conciliar el sueño... El estómago le daba vueltas dentro de la tripa, y su mente volaba de imagen en imagen, todas ellas de lo más desagradable. El corazón le latía tan fuerte dentro del pecho que parecía que miles de caballos galoparan por una llanura al unísono. Se sentía traicionada, humillada... Y sobretodo, se sentía sola.

Inés nunca había sido una "chica 10". Ni mucho menos. Durante toda su vida había estado realmente flacucha, no delgada, sino enclenque, sin ningún indicio de formas femeninas bajo sus holgadas ropas. Su metro cincuenta y cinco la acomplejaba muchísimo, pero su torpeza le impedía usar tacones para disimular su corta estatura. Tenía el pelo muy rebelde, siempre encrespado, y escondía su rostro debajo de un gran flequillo. Además, tenía un carácter verdaderamente retraído: relacionarse con gente de su edad constituía para ella un verdadero suplicio.


Aún así, la vida le obsequió con dos bendiciones: Nati y Jesús.

Nati había llegado al instituto dos años atrás (conincidiendo con la marcha de Jesús), y era la típica chica que haría pasar desapercibida a las más bellas actrices: sobrepasaba el metro setenta, tenía una larga y espesa melena rubia que contrastaba con el bronceado perenne de su piel, y unos ojos verdes enmarcados por sendos manojos de tupidas pestañas. Las curvas de su cuerpo eran la perdición de cualquier chico y la envidia de cualquier chica. En resumen, Nati era la antítesis de Inés. Y, sin embargo, se hicieron amigas inseparables. Nati la ayudaba en todo, le brindaba cariño, y la apocada Inés entró de su mano en el exclusivo de club de los populares del instituto. Aquellos que nunca la habían mirado ahora sabían su nombre y empezaban a reírse con su ingenio, hasta ahora nunca reconocido. Nati le alisaba el pelo, le aconsejó cómo vestir mejor y le enseñó a sacar el máximo partido a sus rasgos con un buen maquillaje. Incluso la llevó a "Marguerite", una joyería muy cara en la que habían joyas preciosas a las que difícilmente podían aspirar, pero que eran bellísimas a la vista. Juntas admiraban aquellas pequeñas maravillas, y las dos se enamoraron perdidamente de un corazón de plata con una increíble pedrería.

Jesús había sido su único amigo desde la infancia. Habían compartido todo tipo de momentos: buenos y malos. Se idolatraban mutuamente, se apoyaban el uno al otro cuando se encontraban mal, compartían aficiones y respetaban sus diferencias. Nunca se habían fallado, y el cariño que se procesaban era inmenso. Nadie la comprendía como Jesús, ni a nadie comprendía ella como a él. Aún ahora recordaba como el peor día de su vida aquel en que Jesús hizo sus maletas para pasar los años del Bachillerato en Barcelona, en casa de su padre.

Pese a que se afirme lo contrario, muchas veces la distancia aviva los sentimientos, y si a eso se le sumaba el comparar a Jesús con los superficiales chicos del grupo al que se había unido con Nati, Inés tomó conciencia de que siempre había estado enamorada de su más fiel amigo, guardándolo tan en secreto que ni ella misma se había enterado de ello. Cuando no pudo negarlo más, fue Nati, su nueva compañera, la elegida como confesora. Y fue también Nati su gran apoyo, su paño de lágrimas y la mejor consejera que pudo imaginar.

Cuando terminaron Bachiller, Inés recibió una genial noticia: ¡Jesús volvía! Echaba de menos Alicante y había decidido que sería en esa ciudad donde llevaría a cabo sus estudios universitarios. La chica lo celebró con su amiga, quien se emocionó por poder conocer al famosísimo Jesús y, sobretodo, ver feliz a Inés. O al menos, eso parecía...

La llegada de Jesús empezó como un sueño: abrazos en la estación de autobuses, gritos, lágrimas de emoción, intercambio de novedades... Y la ilusión de la chica por presentar a sus dos mejores amigos, por poder estar con los dos simultáneamente. Pero esa ilusión se vio truncada cuando, después de la esperada presentación, vio su reflejo en los ojos de Jesús y lo comparó con la preciosa imagen de Nati... Ella no era nada, un simple esperpento a lo sumo, en comparación con la exuberancia de aquella rubia...

La tarde transcurrió entre risas por parte de los tres, pero las de Inés eran fingidas... Los otros dos lo atribuyeron a que tal vez estaba demasiado extasiada por haber visto cumplido su sueño, pero en realidad era porque los celos se la estaban comiendo viva... Cada vez que los ojos de Jesús pasaban cerca de Nati, un impulso hasta ahora desconocido se adueñaba de ella, y le gritaba que debía agarrar a su amiga y sacudirle... Esos sentimientos la asustaban, pero má aterrador era aún pensar que Jesús se enamorase de otra que no fuese ella... Que fuese mejor.

Día a día, trataba de hacer planes por separado con ellos: si quedaba con Jesús por la mañana, proponía a Nati dar una vuelta por la tarde, o al revés. Teniendo en cuenta que hasta antes de la llegada del joven la mayor ilusión de Inés era pasar tiempo los tres juntos, a veces insistían en quedar los todos en grupo, y ella no podía evitar pensar que el chico podría comparar directamente su escurrido cuerpo con la magnificencia de Nati.

Empezó a desconfiar de cualquier palabra que ellos (y, en especial, ella) dijesen. Los comentarios amables estaban llenos de dobles sentidos a sus oídos, imaginaba una terrible conspiración en la que ambos se reían de ella, tendidos en una cama, con la ropa esparcida en el suelo, después de hacer el amor. "Pobrecilla... Creerá que una raspita de pescado como ella tiene algo que hacer con un chaval tan perfecto como tú, que puede optar a un cuerpo de escándalo como el mío". "Bah, ¿qué más te da? Mientras tú y yo podamos disfrutar el uno del otro, esa niñata tan plana se puede ir a paseo". Conversaciones de ese estilo se recreaban una y otra vez en su mente.

Todas sus sospechas se vieron confirmadas un fatídico día en el que, estando con Jesús tomando algo en la terraza de un bar, sonó el móvil del chico. No pudo dar crédito a lo que veía cuando leyó en la pantalla que la llamada entrante era de Nati. El chico, rojo como un tomate, colgó diciendo: "Qué pesados, estos de Movistar... No pienso cogerles el teléfono". Rezando para equivocarse, aprovechó que él se levantó para ir al servicio para leer su bandeja de entrada. El corazón se le deshizo en el pecho cuando vio que estaba llena de mensajes de Nati. Desesperada, abrió el último, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a asomarse a sus ojos. "Vale, mañana nos vemos a las 11 en la plaza Cortés. Y tranquilo, que Inés no se enterará de nada". Notó la cara ardiéndole de rabia, y apretó los puños y los dientes hasta que le dolieron. Sin decir nada, dejó el aparato en la mesa y salió corriendo, tragándose las lágrimas y con ellas el orgullo"Muy bien. Vais a acordaros de esta jugarreta".

Fue esa noche la que tanto le costó dormir. Su corazón le decía que era imposible que Jesús y Nati estuvieran comportándose así con ella, pero... ¿acaso cabía duda? ¿No lo había leído con sus propios ojos? No quedaba más remedio... Debía ir allí, a su cita, y cantarles las cuarenta. Eso no se le hace a una amiga... Y menos a una amiga enamorada.

11.00. Lleva esperando nerviosa varios minutos, y aún no han aparecido. Espera diez minutos más, sabiendo que ambos son impuntuales. Entonces los ve ya juntos, sentados en un banco. Se acerca sigilosamente por detrás y escucha su conversación:

- Ayer Inés vio tu llamada en el móvil... O eso creo, porque se quedó muy seria cuando te colgué, y en cuanto me descuidé se fue corriendo sin decir ni adiós. No sé si hacemos bien... Pobrecita.

¡Oh qué buena persona! Se compadecía de ella... ¡Encima! ¿Qué quería, quedar de bueno ahora? ¿Un Nobel a la amistad?


- No, Jesús, no te puedes arrepentir... Esto que estás haciendo es precioso... Si se molesta un poco, que se aguante- ambos rieron, poniendo aún más de los nervios a Inés- En serio, es cuestión de tiempo... Ya verás qué pronto se le pasa...

- Bueno, cambiando de tema... Te he traído lo que me pediste- extrajo una caja preciosa, llena de corazones, del bolsillo. No podía ser: ¡llevaba la etiqueta de la joyería "Marguerite"!- Dime si es éste, por favor...

Nati desenvolvió el paquete, y dentro estaba, ni más ni menos, que el precioso corazón de plata por el que ambas habían suspirado... ¡No podían ser tan crueles!

-¡Sí, sí que es! Oh, Jesús, eres realmente romántico...


Inés no pudo aguantar más. Se lanzó encima de ellos, y empezó a increparles su comportamiento. Pero en especial se cebó con Nati. Cogió su cabeza, adornada con esos perfectos bucles rubios, entre sus manos, y la golpeó repetidas veces contra el banco. Ni siquiera era consciente de los gritos de Jesús pidiéndole que parase, ni de la sangre chorreando entre sus dedos. Seguía vapuleándola, entre gritos, sin clemencia alguna, guiada tan solo por el impulso y su dolor, un dolor que se le hincaba en las entrañas y la destrozaba por dentro, cegándola, impidiéndole ver lo desmesurado de la agresión a la que estaba sometiendo como castigo a quien le había dado todo cuanto tenía.

Pero el despertar tuvo que llegar, no había más remedio, y cuando tomó conciencia de sus actos, ya era demasiado tarde: Nati yacía sin vida, con sus ojazos verdes apagados, su preciosa melena esparcida por el banco, sus sensuales labios abiertos sin que ninguna exhalación se escapse entre ellos. De sus largas manos con perfecta manicura aún pendía el colgante de corazón, y en el suelo estaba la cajita que lo contenía, con una nota dentro, que había resbalado de su regazo. Inés sintió que el suelo se resquebrajaba bajo sus pies conforme iba leyendo el contenido del papel:

"Querida Inés:
Quisiera decirte que estoy completamente enamorado de ti. Toma este colgante como muestra de mi cariño. Sé que te gustará, puesto que Nati me ha ayudado a elegirlo. Y también me ha ayudado a encontrar el valor para expresar mis sentimientos. Espero con ansia que me regales tu corazón como yo te regalo éste y el mío.

Jesús."


Sin creer aún lo que había hecho, echó un rápido vistazo al corazón que pendía de las inertes manos de su amiga. "Inés y Jesús", rezaba la inscripción de la joya.

El mundo quedó escondido en una densa niebla. Sus pulmones olvidaron cómo era aquello de respirar, e incluso sus ojos se secaron de inmediato. únicamente sus piernas respondieron a su mente. Corrió rápido, sin que nadie la pudiese alcanzar. Esa era la única ventaja de un cuerpo tan menudo. Llegó a casa, y tomó entre sus manos la más reciente foto que se había tomado con Nati... Su Nati... No podía creer que ella misma le hubiese arrebatado la vida a aquella bellísima persona de manera tan irracional... Con la mano derecha acercó la foto a su corazón. Subió al alféizar de su ventana, un séptimo piso en pleno centro de Alicante. Y pidiendo perdón a su mejor amiga, la que le había ayudado hasta instantes antes de morir entre sus manos, dio un paso al frente, matendo así los odiosos celos que habían segado el futuro de ambas.

sábado, 23 de mayo de 2009

Frases de niños de mi hormiguero

Hechas ya las reflexiones moñas de la despedida (despedida temporal, ya expliqué que Rebeca me deja volver cuando quiera, y que regresaré en cuanto adelnate lo de la memoria), ahora toca lo mejor: dejar constancia de que no es que yo diga que mis enanos son muy resalados, sino que lo son de verdad. Así que aquí os dejo las mejores perlas de mis LOCOS BAJITOS:



DIEGO:

Estábamos en la asamblea, un lunes por la mañana, contando qué habíamos hecho el fin de semana. Amagoia contó que había sacado a su perra a pasear pero que volvieron pronto porque estaba en celo. Diego, asustado, soltó:

- ¡Pobrecita! Pero, ¿dónde se lo pegasteis? ¡Le podíais haber arrancado todos los pelos!

NOELIA:

Estaba intentando decir que su madre le había contado que cuando un actor no sabe hacer algo, un especialista se encarga de rodar la escena, pero se armó un lío y Rebeca (la profe) la quiso ayudar.

Rebeca: - Si Johnny Deep, haciendo del capitán Sparrow, no sabe trepar por el palo del barco, ¿quién lo hace?

Noelia: Willie Wonka.

(Nota: Tanto Jack Sparrow como Willie Wonka son personajes de películas interpretados por J. Deep).

PASTORA:
Estaba almorzando, poniendo caritas de asco, un bocadillo de jamón de york que le había hecho su abuela. Al rato, viene y me dice:

Pastora: -Lorena, no me gusta el bocadillo de jamón de york.

Yo:- Pero Pastora, si te lo ha hecho la abuela tienes que comértelo… Come aunque sea un trozo, no vas a estar sin almorzar nada…

Al ver su mueca de disgusto (y empatizando con ella, ya que yo también soy mala comedora), le digo que se coma “las montañitas”. Me refería, por supuesto, a los piquitos que quedan al morder el pan. Supongo que me entendéis. Señalé cada uno de esos piquitos contándolos (eran cuatro). Creí que el mensaje estaba claro: “Da cuatro mordiscos más al sándwich y guarda el resto”.

Ella accede, y se va a su sitio. Al poco rato, con la desesperación pintada en su carita, me dice:

-Lorena, no voy a acabar nunca, porque cada vez que doy un bocado, ¡sale otra montañita!

DIEGO:

Amagoia contó que su mamá le había explicado que la primera película en color había sido “Lo que el viento se llevó”, y Rebeca pidió que quien pudiera trajese alguna imagen o pidiese a los familiares que les enseñaran alguna frase famosa de la peli.

Diego, que había faltado ese día, acudió de nuevo al siguiente. Y entonces, Rebeca preguntó a todos:

-¿Alguien ha traído información sobre “Lo que el viento se llevó”?

Todos se quedaron en silencio, y de pronto, irrumpe Diego, emocionado:

-¡Yo lo sé! Se lo llevó todo, se llevó hasta las motos.


ANTONIO:

Estábamos terminando la excursión de Mundomar. A la salida, colocada como buena estrategia de ventas, hay una tienda. Es imposible salir sin pasar por ella. Rebeca iba delante, con los primeros de la fila, y yo por detrás, con los últimos, cuidando de que no tocasen nada. La dependienta, que debía estar bastante aburrida (había muy, muy poca gente ese día), era una chica negra que miraba pasar la fila, sonriendo pero sin mover un solo músculo. Hay que decir que era alta y delgada, y con ese tipito y tan quietecita podía perfectamente pasar por un maniquí a los ojos de un niño de cinco años. Eso fue lo que le pasó a Antonio, quien, al pasar por su lado, se detiene mirándola y dice:

-¡Mirad, chicos, una estatua de chocolate!

AMAGOIA:

Los martes hay clase de religión, pero ella, Unai y Dante van a “alternativa”. La profesora de religión, al resto de los niños, les pone una carita sonriente en la mano cuando acaban el trabajo, y supongo que a ellos tres, pobrecitos, no les hace mucha gracia ser los únicos sin carita feliz. Además, alguna vez habían oído decir al resto que llevaban esas caritas “porque Dios quería”.

Un día, para probar el maquillaje de zombies para la peli que estábamos haciendo, Rebeca le pintó la cara con ojeras a Amagoia en clase de “alternativa” mientras los demás estaban en religión, y cuando volvieron, todos la miraron con un pelín de envidia. Feliz por una vez de ser ella la “pintarrajeada”, les suelta: “Hala, ahora a vosotros que os pinte Dios”.

DANI P.:

Subiendo por las escaleras a clase, se coló del resto y empezó a gritar y correr por la fila. Cuando llegamos a clase, Rebeca le dijo:

-Dani, sabes que por las escaleras no se sube así. Baja hasta abajo y sube despacio y sin gritar, como un niño mayor, que es lo que eres.

Él a regañadientes, obedeció. Mientras, Rebeca fue a la clase de al lado a pedir algo, y me quedé yo con los mocosetes. Cuando Dani regresó, me mira muy, muy serio y me pregunta:

-¿Y Rebeca?

-Se ha ido a clase de Alicia.

Y tras ponerse más serio aún, con un gesto de desesperación profunda, me dice:

-¡Jo! ¡Se ha ido porque está cansada de que me porte mal!

CRISTIAN:

En la asamblea nos estaba contando que a su padre le han puesto trece grapas en el brazo, pero no sabía cuál era la causa de semejante heridota. Diego, tratando de encontrar explicación, dice:

-Seguro que se ha quitado un poco la piel.

Entonces, Cristian, sorprendido de que acusaran a su papá de algo tan desagradable, protesta:

-¡No, Diego! Mi padre nunca se quita la piel, siempre se la deja puesta.

JOSE:

Esta frase no sucedió en clase, sino que la contó la madre del niño en la excursión a la playa del día de Pascua.

Resulta que con motivo de la inminente fiesta, tenían que traer cada uno un huevo duro para ponerlo en la mona. Por lo visto, su madre decidió escribir “Jose Antonio” para que no hubiese posibilidad de confusión y su hijo no se quedara sin huevo. Cuando Jose vio que en el huevo ponía su nombre, dijo:

-¡Mira, mamá, qué casualidad! ¡Este huevo se llama como yo!

NOELIA:

El nuevo proyecto es Egipto. Amagoia, que siempre es la primera en traer información, dijo la cantidad exacta de kilómetros del río Nilo, más de 6.000. Dani A., asombrado, dijo:

-¡Madre mía! Eso debe tirar más agua que el Guadalquivir.

A mí me hizo gracia porque Dani, como ya he dicho, todo lo dice de una forma que te tienes que reír, y Rebeca le preguntó sonriendo:

-¿Tú sabes en qué país está el Guadalquivir?

A lo que Noelia, conocedora de la canción de “Pinocho fue a pescar”, suelta:

-Yo sí lo sé: está en el país de Pinocho.

SHEILA:

Cuando vimos la bandera de Egipto, Rebeca preguntó si alguien conocía los colores de la de España. Diego se apresuró en contestar:

-Roja, amarilla y roja.

Sheila, emocionadísima, murmuró para sí misma:

-¡Qué casualidad! Es igual que la de la Selección Española.

MATÍAS:

Nuria trajo información acerca de cómo hacían papel los egipcios. Todo el proceso empezaba a partir de la planta del papiro. Cuando terminó de explicarlo, Rebeca, para asegurarse de que habían comprendido todo, preguntó:

-¿Recordáis cómo se llamaba la planta de la que se sacaba el papel?

Y responde Matías, con voz de misterio:

-La planta del vampiro.

SALVA:

Una mañana estaban en la fila los que siempre llegan primero, que son Dante y Amagoia, y otros cinco. Estaba lloviznando, y cuando llueve no sé por qué faltan muchos niños o llegan tarde la mayoría. El caso es que Dante y Amagoia, desde adelante del todo, empezaron a contar cuántos habían llegado. Eran siete (como ya habréis deducido vosotros). Justo cuando terminaron de contar, apareció Salva por el horizonte. En cuanto se incorporó a la fila, Amagoia le informó:

-Contigo, somos ocho.

Y Salva, sacando tripa y dándose palmas en ella, suelta:

-Y con mi barriga, ya somos nueve.

SHEILA:

Justo antes de salir al patio, Sheila le dijo a Rebeca un poco triste:

-Ya no vas a ver a mi papá, porque a partir de ahora me quedo al comedor y vendrá a recogerme por las tardes mi yayo.

Entonces Rebeca, sabiendo el motivo por el que su papá no vendría más a por ella, la animó diciendo:

-Bueno, Sheila, pero piensa que eso es porque él ha encontrado un trabajo y eso le va a hacer muy feliz, porque necesita ganar dinero como todos.

La niña, suspirando al tiempo que pensaba en la parte buena del asunto, se conformó:

-Pues a ver si mi papá gana pronto por lo menos ochocientos mil euros y puede comprarme ya la Barbie de las trenzas…

ALEXANDRA:

Es una de las niñas más ligonas de la clase, y la mitad de los chicos se mueren por sus huesos. Eso sí, ella tiene muy claro que su corazón pertenece única y exclusivamente a Dani A. Está coladita por él al cien por cien, lo suyo es un amor de los de película. Tanto es así, que con cinco añitos tan solo a sus espaldas, ya conoce a la perfección la dura daga de los celos. El día en que le tocaba pasar lista a ella, empezó algo desanimada. Era raro porque todos están deseando ser “el capitán”, pero nadie le dio mucha importancia. Se equivocó en un nombre y Dani A. y Dante se rieron. Al poco rato llegó al nombre de su amorcito y miró al suelo con expresión abatida y el despecho brillando en sus ojos azulitos. Rebeca, creyendo que era debido a la burla, apartó a Alexandra y le dijo:

-Estás molesta con Dani, ¿verdad?- ella asintió, y Rebeca le aconsejó:- dile qué es lo que te ha molestado y así lo solucionáis.

Alexandra, alentada por su imprevista (y ajena al verdadero meollo del asunto) consejera amorosa, dijo en voz alta, delante de todos cual invitada al Diario de Patricia:

-Es que Daniel A. era mi novio y ahora es novio de Laura Patricia, porque estaban riéndose mucho juntos esta mañana. Vamos, que por irse con ella, HA COLGADO conmigo.

SALVA:

Jugando en el patio, encontró un pajarito sin una sola pluma, moribundo y lo cuidó hasta la hora de ir a Educación Física. Cuando llegó el profe de esa asignatura, Javi, le insistimos en que lo dejara donde lo había encontrado “por si lo buscaba su mamá”, y es que estaba claro que aquel pajarito, con las alas rotas y sangrante, aún peladito del todo, no iba a salvarse.

Al día siguiente, llega Salva con el pajarito muerto en la mano y nos dice:

-Mirad, otro pájaro.

Diego, que es muy culto en cuanto a animales se refiere, le dio la noticia:

-Tío, es el mismo.

Y Salva, riéndose de la falta de atención de su amigo, le contestó:

-¿Cómo va a ser el mismo? Este está muerto y el mío estaba vivo…

PASTORA:

Estábamos haciendo la ficha del cuentacuentos, y en uno de los apartados a rellenar, ponía “TÍTULO:”. Los dos puntos, por algún error de la fotocopiadora o lo que fuese, habían quedado muy juntos, de forma que quedaban más o menos así:

Cuando pasé junto a su mesa, me pidió ayuda, y nos pusimos a escribir juntas. Cuando llegó al apartado “TÍTULO:”, empezó a reírse señalando aquellos dos puntos .

-¿Qué te pasa?- pregunté.

-Ummm…- se relamió-. Es un cacahuete.


DANTE:

Había hecho un dibujo muy chulo de animalitos en el campo, y en el cielo de su obra brillaba un sol graciosísimo con barba y todo. A la hora de colorearlo, eligió pintarlo de rosa. Cuando le dije que le había quedado muy bien, inquirió:

-¿Sabes por qué he pintado el sol de rosa?

-No, ¿por qué?

-Porque como es el sol, se ha puesto rosa de tanto tomar el sol.

DAVID:

Después de cada ficha, ponen su nombre y apellidos junto con la fecha larga en la parte de atrás de la hoja. Cuando se empezó la “Operación Biblioteca”, y todos tenían que apuntar los libros que sacaban, Rebeca explicó:

-En esta hoja, cuando saquéis un libro, basta con que pongáis la fecha corta.

David, en voz baja, de forma que sólo pudiese oírlo su grupo (y yo que estaba detrás aunque él no se hubiese dado cuenta), dijo:

-¡Ay, madre, qué gustito de fecha!

viernes, 22 de mayo de 2009

No es un adiós, es un hasta luego.

Sí, señores, un hasta luego a mis monstruitos. Porque el 9 de febrero de este año empezó una de las etapas más importantes de mi vida: las prácticas en el Vasco, mi cole de toda la vida. Y ahí he pasado unos momentos increíbles.

Aún recuerdo cómo hace 102 días (si mis cálculos no me fallan, cosa que seguramente pase) llegué por primera vez allí, con ellos. Me parecía un fantástico augurio que mi primer contacto con ellos fuese verlos participar en un CUENTACUENTOS. Vamos, mi tema favorito (cuentos), con mi trabajo favorito (maestra, aunque fuese en prácticas), y mis futuros niños favoritos. Me senté al lado de Rebeca, mirando a los niños que habían sentados allí. Supuse que serían varias clases porque habían demasiados, y deduje que los de cinco años serían los de la última fila, y comencé a mirarlos bien... ¡Qué guapos eran!

El hombre que hacía las representaciones sacó a uno de los de la última fila al escenario, y puse el oído bien atento cuando le preguntó el nombre. UNAI. Uno de mis mini monstruos se llamaba Unai, un niño alto, con la carita muy dulce. Le tocó hacer de rey. Luego sacaron a un tal Dani, con una cara de pillín graciosete que no podía con ella. Y por último, a una muñequita que dijo llamarse Laura hizo de princesa.

Cuando terminó el espectáculo, un niño al que llamaban Dante se enfadó con alguien y Rebeca le regañó por pegar. Me fijé en que tenía unos ojazos verdes preciosos a pesar de los morritos de "cabreau" que ponía.

Subimos la cuesta todos, mientras oía hablar a una niña con unas gafas de sol, muy resalada ella, de que en la guardería le llamaban "Amapola" por equivocación. No tardé en enterarme de que en realidad se llamaba Amagoia. Todos me miraban raro; nadie sabía quién leches podía ser aquella chica desconocida que se había acoplado en su fila sin decir nada a nadie.

Al llegar a clase, Rebeca me presentó, y al momento llegó Jose, el de música. En la fila para bajar a su aula, la mayoría de las chicas se me tiraron encima para presentarse. Los nombres me llovían y las voces se cruzaban en mi cerebro, de forma que no podía relacionar los nombres con la cara: Pastora, Laura, Kesia, Andrea, otra Laura... Luego comenzó la distribución de familias: una niña muy morenita y con unos oscurísimos y brillantes (Pastora) me dijo que era prima de otra con el pelo corto y ojos verdes de gatito (Kesia). La más chiquitina de todas (Laura D.) y la del pelo más largo (Andrea), también decían ser primas. "Muchas primas veo yo", pensé con desconfianza, creyendo que era algún juego de las niñas. Pero no, eran primas de verdad.

Pasé la mañana bailando con ellos, empezando ya a quererles, y viendo muy lejano el 22 de mayo. Pero ese día ha llegado. Y me he despedido de ellos. Y casi me cargo a Laura P., la princesa del cuentacuentos, porque se ha puesto a llorar, y entonces sí que no he podido contener las lágrimas después de abrazarla. Me preguntaban todos en la alfombra: "¿Por qué te vas?", y me temblaba la voz al explicarles que volvería en cuanto terminase de estudiar, y que iba a hacer un trabajo muy grande para que mi profesor sepa lo bien que se han portado mientras he estado con ellos.

En fin, no estoy tan triste como esperaba, porque hay una gran noticia: Rebeca me ha dicho que por ella como si me quedo hasta final de curso, que a ella le viene genial tener a otra persona que le eche un cable. Así que he llorado más de emoción al ver a Laura P. llorar, a Alexandra, Amagoia y Andrea haciendo pucheros y a Jose, Unai y David con cara de tremenda preocupación, que por estar verdaderamente deprimida.

Así que, afortunadamente, en cuanto termine la memoria, me voy a volver a meter en esa clase a escuchar los chistes de Dani A.; a ver el brillito de los ojos de Dante cuando sonríe; a por los abrazos de Andrea; a por la risita contagiosa de Laura D.; a por las curiosidades de enciclopedia que nos cuenta Diego; a por el inmenso cariño de Kesia; a luchar contra los Gormiti de Antonio; a conocer el desenlace de la telenovela de Alexandra y su gran amor por Dani A.; a por la dulzura innata de Sheila; a comerme a bocados a Amagoia y a Lucía; a contar las pecas de Nuria; a sonreír al ver que la AMISTAD, con mayúsculas, la personifican Jose Antonio y David día a día; a la gracia de Pastora cuando le gustan sus dibujitos; a hablar a nivel adulto con Noelia, que pese a tener cinco años habla con la madurez de una chica de diez; a batallar con las trastadas de Salva (que tan de cabeza me ha traído); a hacerle las hormiguitas a Dani P.; a escuchar a Laura P. "yo quiero ir de tu mano" un día tras otro; a ver cómo Unai sigue poniéndose por fin la mochila solito y recorta cada día mejor.

Volveré a Egipto, al rincón donde ellos han hecho sus fantásticos jeroglíficos y comienzan a construir una gigante pirámide de cajas de zapatos.

Y volveré a contagiarme de esa preciosa ilusión que irradian con su dulce inocencia.

lunes, 18 de mayo de 2009

Mi Besito Izan



Esta entrada va dedicada a un ángel. Parece un niño normal, muy guapo, eso sí, pero nadie diría que pudiese ser un ángel. Y, sin embargo, lo es. Al menos, eso creo yo, porque con solo once meses, ya ha estado a mi lado para hacerme sonreír cuando tengo un mal día infinidad de veces.

Por motivos que no me apetece ni que sean recordados, la noche entre el 20 y el 21 de junio del año pasado fue pésima. Salí sólo con una de mis dos Nenukys, Mari, y por desgracia nos separamos un ratito, cada una con un trozo del grupito con el que nos juntamos allí. Yo ya lo digo, estar con ella o con Sheyla me da suerte, y con eso de estar cada una en una punta del pub, la cosa acabó fatal... Cada una llorando sola, yo en el baño y ella en la playa, sin saber ninguna que la otra estaba igual de "moqueante".

El caso es que llegué a mi casa casi a las siete de la mañana después de haber ido a buscar una de las tantas cosas que se perdieron esa noche, destrozada, con los ojos que parecían sandías (verdes y rojos simultáneamente), y con más ganas de desaparecer de la faz de la Tierra que de seguir viviendo en un mundo tan injusto. Y entonces sonó el teléfono. Al otro lado de la línea, mi tía Rafi dijo:

- Éste es Izan.

Y entonces escuché por primera vez ese llanto debilucho, tiernito, esos leves grititos que significaban el comienzo de una nueva vida preciosa y larga, llena de misterios por descubrir, de cariño que dar y recibir... Y supe que había nacido justo ese día tan malo para mí para ayudarme. Él había tenido el detalle de salir de la tripita de su mami, con agustito que debía estar, para volver a hacerme sonreír. Y para cambiar el rojo triste de mis ojos por un rojo alegre, un rojo repleto de lágrimas de felicidad, de emoción y de esperanza.

Por si fuese poco, me dio la suerte necesaria para quer tanto Mari como yo recuperásemos todo lo perdido. Así que nadie puede negarme que a mi primito Izan sólo le faltan las alitas para ser el más bello angelito del mundo. Mi angelito de la guarda, el que me hace cosquillitas en el corazón cada vez que algo me aflige.

viernes, 20 de marzo de 2009

Ribiera Maya



Me despierto con una desagradable sensación en el estómago. Para más desgracia, no me resulta desconocida, sino tan sólo más aguda que le resto de las veces. Aún antes de abrir los ojos ya tengo las mejillas anegadas en lágrimas. Ahogo mis sollozos apretando la cara contra la almohada. No quiero hacer ningún ruido, no quiero despertarte, en un absurdo intento de retenerte más tiempo a mi lado, de prolongar ese sentimiento que provoca el roce de tu espalda desnuda contra la mía.


Pasa el tiempo. Un minuto, dos, tres… Maldigo el reloj, lo odio y deseo desde lo más profundo de mi ser que esas infernales agujas se detengan, que no lleguen nunca al segundo que hará saltar la alarma e iniciará el camino que te separe de mi lado.


Pero el despertador me ignora, no conoce mi dolor, y grita que ha llegado el momento en que mi vida dejará de tener sentido. Me golpea en los tímpanos, vibra en mi pecho y me destroza las entrañas. Todo el mundo odia el despertador, pero yo nunca me había sentido tan asqueada por su sonido. Me giro, fingiendo haberme despertado ahora mismo, y te veo protestar entre el sueño y la vigilia, suplicando unos minutos más. No seré yo quien te niegue ese placer. Apago la alarma, y te miro mientras duermes, como un niño, rodeándome con tus fuertes brazos. Te acaricio la cara preguntándome amargamente cómo sobreviviré casi medio año sin poder rozarte.


Llevo más de un mes intentando asumirlo. Asumir que te marchas. Lo presentaste como una posibilidad. “No hay trabajo. No podemos seguir así. Mi jefe va a empezar una obra en la Ribiera Maya. Si no hay alternativa…”. Y no la hubo. La Ribiera Maya. Jamás pensé que pudiese sentir arcadas con la simple mención de un lugar, y menos si éste tiene fama de ser paradisíaco. Pero tu jefe lo consiguió.


La sucesión de días iba acortando cada vez más el fatídico momento, hasta que el cruel Cronos marcó en el calendario la fecha de hoy: 14 de diciembre de 2008. El día de tu partida. Y también de la partida de mi corazón, no sé si porque parta contigo o se parta sin ti. Tampoco es que me importe mucho cuál de las dos sea la verdadera manera de dejarme vacía.


Entre besos, consigo despertarte de nuevo, muy a mi pesar. Nos besamos lentamente, y hacemos el amor con más dulzura que nunca, a pesar del sabor salado de nuestras lágrimas. En silencio, nos vestimos, evitando mirarnos, y seguimos así hasta el coche. No encendemos la música. Cada canción tiene al menos una frase que puede desencadenar un llanto eterno hoy. Llegamos al aeropuerto. Es el lugar más triste del mundo. Veo a la gente sonreír, con la ilusión brillando en sus ojos, y me pregunto cómo pueden estar felices en un lugar así, que para mí sólo supone separarme de lo mejor que me ha pasado en la vida. Tan sólo una mujer con una niña de unos cinco años, despidiendo a un hombre con la tristeza dibujada en el rostro me parecen adecuados para el escenario.


El altavoz anuncia tu vuelo. Nos abrazamos, llorando de nuevo. Sobran las palabras. Nuestros ojos lo dicen todo: los “te quiero”, las promesas de fidelidad, de llamadas diarias, de largas cartas de amor, el ansia por el reencuentro… Y el dolor por la separación. Te aprieto fuerte, como si pensara que así no podrás escapar. Ingenua de mí. El segundo aviso por megafonía me debilita, me hace perder toda la vitalidad y retrocedo con el rostro empapado y un nudo en la garganta.


Me siento sola en una incómoda silla de plástico, amontonando pañuelos en mis manos. La gente pasa por mi lado sin reparar en mi dolor, pero no los culpo: tampoco yo reparo en ellos. Sólo puedo mirar al cielo y fijarme en cada avión que despega con el logo de tu compañía, preguntándome en cuál de ellos estarás. Trato de acostumbrarme a esa incertidumbre. A no saber dónde estás, ni qué estás haciendo, ni si estás pasando frío o hambre, o necesitas un beso o una simple palabra amable. Busco un Klinnex en mi bolso. Genial, se me han acabado.


Noto una presencia a mi lado. Pequeña, muy pequeña. Me extiende un pañuelo de papel con dibujitos de Bugs Bunny. Le miro a la cara agradecida. Es la niña que había visto antes despidiendo a su padre.

-Volverán. Mi papá y tu novio volverán.

Sonríe, enseñando sus encías, con mellas entre los dientes de leche, y yo vuelvo a mirar al cielo, sonriendo también, contagiada de la esperanza y optimismo de mi joven compañera de penas.

-Sí, volverán. Y nosotras les estaremos esperando.

viernes, 6 de marzo de 2009

DÍA DE MUJER TRABAJADORA

Hoy ha sido un día bastante especial. Como cada patio, estábamos todas las de Infantil en el patio. Normalmente sacamos una sillita de la clase de Patri cada una y nos sentamos en círculo, cuidando que nadie tire piedras ni pegue al resto, esperando al herido de turno que venga reclamando "cuidados médicos" tales como tiritas o agua oxigenada, observando los progresos que hacen saltando a la comba Salva, Matías y Noelia... La casualidad ha querido que, por segunda vez en el mes que llevo en cole, nos hayamos quedado de pie, haciendo lo mismo, pero plantadas todas: Susi, Amparo, Patri, Delfina, Rebeca y yo. Tan solo faltaba Alicia, que está resfriada.

Teniendo en cuenta mi timidez, es de suponer que no intervengo apenas en las conversaciones, y la mayoría de las veces estoy más pendiente de los juegos de los fierecillas que de lo que se habla. Por eso, de golpe y porrazo, me he dado cuenta de que todas etaban riéndose y mirando hacia la cuesta que nada más pasar la puerta. Y por ella circulaba una procesión de hombres que me ha quedado alucinada. He tenido que mirar dos veces para creerlo: todos los varones del colegio, portando una rosa roja por cabeza, subían hacia nosotras cantando canciones de la tuna. Miguel, el monitor de deportes, a la cabeza, tocando la guitarra (¡hasta con la guitarra!), y detrás el resto: Jose, el de música; Benito y Javi, de Educación Física; Fran, el de PT; Julio, el conserje; David, el profesor de 6º B; y Delfín.

Oficialmente, es el profesor de 6º A, pero en la realidad es mucho más que eso. Delfín es mi modelo a seguir. Fue mi maestro en 3º y 4º, y puedo asegurar que dejó huella en mí. Vamos, en mí y en todos quienes le conocemos. Es un hombre agradable, simpático, que adora su profesión y a todos los niños en general, que se hace de querer, incapaz de dirgirse a alguien sin dedicarle una sonrisa, que se interesa por saber cómo le va la vida a sus antiguos alumnos y a sus familias... Vamos, un verdadero tesoro, y no es que lo diga yo, es que sé que lo pensamos todos los que hemos tenido la suerte de cruzar más de tres palabras con él.

Sin perder la vista de la extraña tuna, le he preguntado a Amapro que por qué pasaba eso... Y me ha dico que es por el Día Inernacional de la Mujer Trabajadora, que es este domigno. Por lo visto, todos los años repiten el ritual, y como este justo ha caído en fin de semana, ninguna se esperaba que fuese hoy cuando se viesen premiadas con semejante espectáculo.

Entre nuestras inevitables risas, han terminado de cantar "Clavelito", y cada uno le ha dado su rosa a la chica que tenía enfrente. Sólo que han habido dos excepciones: Benito ha corrido para dársela a Rebeca (son pareja), y Delfín ha venido desde la otra punta de su fila para dármela a mí. Ese gesto ha sido para mí precioso, porque él para mí es verdaderamente importante, y ver que él ha pasado de sus compañeras por dársela a su antigua alumna... Me ha tocado la patatilla, vaya.

Bueno una vez cargadas todas con su rosa (de las más bonitas de la floristería, seguro, y adornadas con un lazo morado cada una), han vuelto a cantar su serenata, y hemos bailado todos jutnos, nosotras enfrente de ellos, al son de la guitarra y de sus voces. Mientras, los niños flipaban dando vueltas alrededor nuestra con cara de estar pensando "estos profes nuestros se han vuelto locos".

Vamos, que me ha parecido un detalle ejemplar. Por lo que han comentado als otras, ninguna ha estado nunca en un colegio en el que hagan esto, y es algo de agradecer... ¡Vaya profes atentos que hay en mi cole! Si es como el Vasco... La verdad es que Patrciia y yo, que somos las que hemos llegado este año y no sabíamos NADA DE NADA, nos hemos quedado encantadas con la sorpresa.

En fin, sé que no es tan bonito esto como recibir de la mano de el mejor de tus profes de su infancia una rosa, pero...

¡FELIZ DÍA DE LA MUJER TRABAJADORA A TODAS!

Lorena Hernández Vela.

viernes, 27 de febrero de 2009

Comida

El día empezó con la misma pereza que todos los anteriores desde hacía siete largos meses. No había ningún motivo que la impulsara a bajar de la cama. Sabía qué le depararían las 24 horas siguientes, porque los rituales llevaban repitiéndose desde el fatídico día en que sus padres la habían dejado en aquel maldito hospital. Desayunar, almorzar, comer, merendar, cenar y dormir. Su vida se reducía a ingerir alimentos, a ser vigilada constantemente, a transformarse cada día más en un globo.

Recordó con amargura cómo había transcurrido todo antes de entrar en aquella prisión de carceleros con bata blanca. Siempre había sido una niña algo regordeta. En el colegio aquello no suponía un problema, pero al pasar el instituto, pasó a ser un verdadero martirio. Sus amigas empezaban a experimentar con los chicos, pero ella se sentía excluida en el juego del amor, puesto que ninguno se fijaba en ella. Y lo peor fue cuando también empezó a quedarse al margen entre las chicas. No había ninguna que compartiese su ignorancia con ella. Todas sabían lo que era tener novio, y comenzaban a mirarla como si fuese un bicho raro. Violeta fue la primera en desatar el diluvio de insultos: "Una vaca como Diana no debería juntarse con nosotras...Nos espanta a los chicos". Poco a poco, los más populares pasaron a llamarla "la Gorda", y a hacer chistes como que con su tamaño era muy fácil acertar en "la Diana". Los más reservados del instituto no la insultaban, pero por miedo a ser rechazados tan cruelmente, la ignoraban.

Diana comenzó a culpar a la comida de su desdicha. Primero a los bollos y a las grasas. Pero seguía siendo gorda. Entonces dejó de comer carne, y pescado, y los guisos de su madre... Pronto pasó a comer tan solo ensalada. Llegó al punto en que hasta eso lo vomitaba. En un par de meses, estaba tan delgada como la mayoría de sus compañeras. Los chicos que antes la insultaban ahora la miraban con lascivia, y le decían piropos que antes nunca le había dirigido nadie. Varios fueron los que le pidieron salir, y de entre todos el escogido fue Marc, uno de los más populares ( y de los que más se habían metido con ella anteriormente). Diana se convirtió en la envidia de todas, y exhibía orgullosa su idilio con el más guapo del instituto, mientras seguía sin probar apenas bocado. Las escasas ocasiones en que sus padres, cansados del trabajo, la obligaban a comer, vomitaba en el cuarto de baño más lejano al salón, ahogando el sonido de las arcadas subiendo el volumen de la música de su cuarto o abriendo al máximo el grifo de la ducha. Comprarse ropa se convirtió en un placer, cada visita al centro comercial significaba el descubrimiento de haber perdido otra talla.

Sin embargo, seguía necesitando más y más. El espejo le gritaba que siempre sería gorda, que en cuanto probase bocado sus michelines regresarían y le arrebatarían todo lo que con tanto esfuerzo había conseguido. Ni las ojeras que poblaban su rostro, ni las heridas en los dedos ni las llagas en la boca, ni el comprobar cómo hasta las tallas más pequeñas le quedaban holgadas, ni el dejar de tener la regla, ni siquiera el que sus pasivos padres comenzaran a preocuparse, ni que Marc le insinuara que le gustaban las chicas con carne que poder coger, le hicieron desistir de sus insensatos intentos de seguir adelgazando. A sus quince años, con un metro y sesenta y ocho centímetros, sólo pesaba 42 kilos.

Su ceguera era tal que, ingenua como nadie, creyó a sus padres cuando le dijeron que la llevarían al endocrino para que la ayudase a adelgazar. Pensó de verdad que sus padres seguían viéndola gorda y que el problema era tal que un endocrino habría de intervenir para ayudarla a bajar peso. Pero no. Era una burda estrategia para encerrarla en una clínica para anoréxicas, donde el médico era el enemigo y la más mínima cantidad de comida el arma destructiva que acabaría con la única forma de vida que merecía la pena vivir: la de una chica delgada.

La enfermera (una de las soldados contra los que luchaba día a día), interrumpió aquel torrente de recuerdos entregándole una carta.

Diana reconoció la letra infantil de Lucas, su hermanito pequeño. Ocho años recién cumplidos, mientras ella estaba allí dentro, regordete, con una sonrisa preciosa y mellada, ojitos brillantes y vivos, siempre dispuesto a abrazar e idolatrar a su hermana mayor hiciese lo que hiciese. Había hablado con él cada semana desde que la habían encerrado, pero no les habían dejado verse. Emocionada, leyó la carta, sonriendo con dulzura ante las faltas de ortografía:

"Querida Diana:
Soy Lucas, tu hermano. Te escribo esta carta para mandarte una foto. Quiero que me veas, que recuerdes cómo soy, porque hace mucho que no nos vemos. Mamá y papá dicen que estás en el hospital porque no quieres comer. Que crees que estás gorda y por eso no comes. A veces lloran porque si sigues así te vas a morir. Yo no quiero que te mueras, pero tú eres la mayor y sabes mejor que yo las cosas. Si tú crees que es mejor no comer, aunque puedas morir, antes que estar gordo, será que es verdad. He pensado que yo también voy a dejar de comer, que da igual lo que digan papá y mamá, tú tienes razón. Si tú me dices que no coma más, no como. Y si me dices que coma, comeré. Pero sólo si comes tú también. Si me dices que coma y tú no comes, no te creeré, y dejaré de comer igual que tú. Tienes que demostrarme que lo que me digas es verdad. Espero tu respuesta, y también espero saber por nuestros padres si cumplirás lo que me digas.
Un beso de tu hermano que te quiere mucho y que siempre seguirá tus pasos:
Lucas S. R."
Tras secarse los ojos, empezó a escribir una respuesta para el niño.

"Queridísmo hermanito:
No. Nunca debes dejar de comer. Estás perfecto como eres, y a quien no le guste, que no mire. Tu vida vale más que tu físico. He sido una tonta. Me va a costar, pero voy a ponerme bien, voy a comer todo lo que me digan y voy a salir allí para darte un abrazo gigante y poder pedirte en persona que me perdones. Porque por mi culpa has estado a punto de ponerte en peligro. Y prefiero mil veces egordar a perderte. Gracias por abrirme los ojos, enano.
Un beso de tu hermana:
Diana S. R."

Sonrió satisfecha. Quedaba mucho camino, pero valdría la pena si al final del mismo podría estar de nuevo con la persona que más valía la pena del mundo: Lucas.

Lorena Hernández Vela.

miércoles, 18 de febrero de 2009

PRÁCTICAS EN EL VASCO NÚÑEZ DE BALBOA



Bueno, desde el lunes día 9 de febrero estoy haciendo las prácticas en el colegio Vasco Núñez de Balboa, en Benidorm.

Hace 16 años y medio entré por primera vez en ese colegio, de la mano de mi mamá, hecha un manojo de nervios, deseando conocer a María, mi seño. Allí, en ese edificio de ladrillo amarillo, con los marcos de puertas y ventanas y rojos, iniciaba mi educación.

Y ahora, con 20 años, vuelvo a cruzar ese mismo umbral, sin tomar la mano de mi madre, igual de nerviosa que aquella vez, y deseosa también de conocer a alguien: a 23 monstruitos de 5 años a los que yo voy a enseñar y de los que pienso aprender un montón.

Me encanta la idea romántica de pensar que acabo de estudiar en el mismo lugar en el que empecé, bajo ese mismo techo, entre las mismas paredes... Adoro observar cómo el soporte en el que jugábamos a tiendas, que antes me parecía inmenso, se ve ahora tan pequeño. Y verlos a ellos, con sus manitas, apilar la arena y pagar con piedras tal y como hacía yo en ese mismo lugar no hace tanto tiempo. Incluso la clase parece mucho más pequeña ahora. Y la pizarra... Recordaba una pizarra casi infinita, y estos días apenas cabe la fecha en ella... Qué asco da crecer...

Pero siempre me queda el consuelo de mirarlos a ellos a los ojos y vérselos brillar de esa forma tan significativa, cuando Bubu, la marioneta, les elige para contar un cuento, cuando terminan de escribir con gran esfuerzo las palabras de las fichas, cuando consiguen saltar a la comba muchas veces, o cuando con unas simples alas de cartón se transforman en Campanilla o una pluma les hace hace ser Peter Pan. Estando con ellos, parece de verdad que la purpurina sea polvito mágico, y es casi como volar a Nunca Jamás...

No puedo evitar pensar con nostalgia en mis otros mocosetes, los de la guardería, que fueron los primeros en demostrarme que no podía haber elegido mejor oficio que el de maestra de infantil, los que desde hace un año y medio se han convertido en parte de mi corazón al cien por cien. Ellos, los Duendes, siempre serán los primeros, pero ahora han llegado mis Peters y mis Campanillas, y me llenan de nuevo con sus risitas sinceras, la importancia que le conceden a cada detalle, la emoción inmensa en sus caritas por lo más insignificante...

Me siento tan feliz por pensar que les estoy ayudando a aprender a leer, escribir, contar y a portarse bien, que cada uno de sus éxitos me satisface igual que a ellos. Y me apena muchísimo pensar que seguramente nunca sabrán que yo estoy aprendiendo mucho más de ellos que ellos de mí.

En fin, que no se puede ser más perfecto que los Duendes, mis enanitos del Vasco y el resto de niños del mundo.

Lorena.

jueves, 5 de febrero de 2009

Para mi pavito




Resulta difícil explicar algo así. Ni siquiera creo poder saberlo del todo. Lo que siento por ti es tan inmenso que no me cabe en los ojos, no puedo verlo completamente, y eso me desconcierta. Pero eso sí, no hay duda de que, sea lo que sea eso que provocas en mí, me hace feliz.



Sabes bien cómo era antes de conocerte: orgullosa (aunque sé que ahora no lo puedes ni creer), feminista casi radical, carente de fe en el amor, incapaz de pensar ni por un instante que yo podría decirle a un chico "te quiero".



Lo que no sabes (ni tú, ni nadie), es que esa forma de pensar no era más que un escudo. Quería protegerme a mí misma del dolor, por eso construí un muro enorme alrededor de mi corazón, para que nadie lo tocase.



Pero desde detrás de ese muro, mi corazón latía preso con la esperanza de ser alcanzado algún día por un amor tan sumamente dulce como el tuyo. Y es que yo soñaba con que algún chico me abrazase a diario, apretándome contra su pecho, y clavara sus pupilas en las mías para decirme "guapa" aunque yo no lo creyese. Soñaba esperar ansiosa cada tarde el momento de reencontrarme con sus besos, y acariciar su pelo, dejando que mis dedos se enterrasen en él. Soñaba con llenar mi habitación de fotos de amor, enmarcadas entre corazones rojos de cartulina, o con las huellas de nuestras manos. Soñaba con las terribles discusiones acerca de ver una película " de llorar" o una de miedo, e incluso con ser arrastrada a ver el fútbol, y así mientras, aburrida, podría contemplar su cara o apoyar mi cabeza sobre su hombro. Soñaba con abrazarlo al dormir, acariciarlo hasta notar su respiración más pesada y saber así que ya descansaba, o que fuese él quien me acariciase con dulzura hasta caer dormida.



¿Reconoces a ese chico con el que yo soñaba, Dani? Eres tú. Yo ya soñaba contigo muchísimo antes de conocerte. El chico que estaba llamado a enseñarme qué era eso del amor existía ya, sólo faltaba ponerle cara. Y tú se la pusiste. Trajiste a mis sueños tus mejillas morenas que tan pronto cogen un tono rosado; y tus labios gorditos y tiernos que son mi perdición; y esos dos lacasitos marrones que pueblan tu mirada y la hacen más dulce que el propio chocolate.



Y así fue como destrozaste el muro que protegía a mi corazón, y al mismo tiempo lo mantenía encerrado, solo y triste. Seguramente ahora es más vulnerable, porque está expuesto ante el peligro que enamorarse implica, pero late con mucha más alegría, porque sus latidos van al ritmo de los tuyos.



A veces, sin quererlo, con sólo mirarte me suben las lagrimillas a los ojos, y tú, sorprendido, me preguntas que por qué lloro. La respuesta es bien sencilla. Cuando tú miras al sol directamente, en un día de verano en el que las nubes estén de vacaciones, ¿qué te pasa? Las lágrimas te arrasan los ojos, ¿no? La luz te hace llorar. Pues eso me pasa a mí contigo. EL brillo que irradias es mucho mayor que el que irradia el sol, por eso al mirarte quedo cegada (y maravillada) y no puedo evitar que las lágrimas caigan. Y entonces imagino qué haría si llegase la noche y el sol que tú eres se apagara en el firmamento de mi vida, y ya me es imposible calmar el dolor. Hasta que me abrazas, y me doy cuenta de que eres real, que estás a mi lado y que todo va bien si te tengo.



Todo esto demuestra que normalmente soy yo la miedosa, o al menso la que exterioriza el terror a perderte. Tú, más reservado, sueles callarlo más que yo. Y a pesar de eso, muchas veces has hablado del miedo a que me vaya con un chico que sepa hacer algo que tú dices no saber hacer: expresarse. Dani, no hace falta que me digas cosas románticas hablando ni escribiendo, porque me lo gritas con los ojos. Esas estrellitas que viven en ellos se encienden cuando yo sonrío, indicando que cuidas de mi felicidad, no como lo haría un hermano mayor, sino como lo haría una persona enamorada. Es fácil engañar con palabras, pero muy difícil hacerlo con los ojos.



Nunca, en la vida, nadie podrá ocupar el lugar que ocupas tú. Nadie llenará tu hueco. Y es que no creo que haya un chico más idóneo para mí que tú. ¿Quién me compraría huevos Kinder a mis 20 años? ¿Quién dormiría abrazado a 10 peluches y recordaría los nombres de todos y cada uno de ellos? ¿Quién sería capaz de bailar la canción de "Bella y Bestia son" porque sea la banda sonora de mi película favorita? ¿Quién hará de canguro de un enano de cuatro años si me apetece ir a la playa o al cine con mi primito? Bueno, si hay alguien capaz de hacer este tipo de cosas, me da igual, porque yo yate tengo a ti y ni quiero a ningún otro.



Gracias por estos dos años y medio, Danito, porque han sido los mejores de mi vida.




EU QUEROTE!