viernes 30 de octubre de 2009
La asesina de sueños
Esta es la historia de una mujer que deseaba aparentar y aparentaba tenerlo todo, aunque en realidad no tenía nada.
Era fea, pero no del tipo de fea que pasa desapercibida y de cuya fealdad te das cuenta al analizar los pequeños detalles que rompen la armonía de un rostro. Era una fea de cuento de brujas. Sus ojillos eran pequeños como pulgas y estaban surcados por innumerables arrugas, que no sólo se limitaban a esa zona de su cara, sino que se extendían por toda ella, de manera que la pobre desgraciada, al ser vista desde lejos, parecía una cebra de tan rayada. Su nariz parecía una réplica a escala del Teide, sólo que más escarpada. Y lo más característico era un puñado de dientes, amarillos como el queso cheddar, con formas inverosímiles y que le daban cierto aire de roedor enfadado y maquiavélico.
Siempre fue una persona inteligente, y pertenecía a una familia que le pudo procurar una formación importante. Y sin embargo, dos rasgos marcaban a su persona de forma notable: era muy mala, malísima; y estaba más sola que la una.
Ya se sabe cómo son estas cosas: es posible que el rechazo con que la sociedad le castigó a causa de su horrible aspecto la convirtiese en alguien odioso por haber sido odiada, pero también podía ser que su maldad innata le hubiese arrebatado de su lado a los pocos que estaban dispuestos a acercársele.
Fuera como fuere, fue avanzando profesionalmente gracias a su egoísta y estratégica inteligencia, y a la situación económica de su familia, hasta que alcanzó un puesto de sumo poder en una universidad. Allí ella se sentía como un dios: nadie podía rebatir su autoridad, sus criterios eran aceptados y sus órdenes obedecidas sin rechistar. Todos sus alumnos temblaban ante la sola mención de su nombre, y sus compañeros de trabajo, profesores de menos éxito que ella, no podían hacer nada por protegerlos ante las injusticias que, si le apetecía, cometía con aquellos jóvenes llenos de esperanza. Sus hazañas del lado del mal corrían de boca en boca por toda la facultad. Los alumnos lo comentaban entre ellos, los profesores no cesaban de criticarlo con impotencia, su negra leyenda iba pasando de los veteranos a los nuevos alumnos cada año que pasaba.
Y en cada convocatoria de exámenes, ella sacaba su puñal, al que solía llamar Bolígrafo Rojo, y con él destripaba los sueños que sus alumnos habían vertido en forma de tinta. Fueron un montón de sueños, grandes, medianos y pequeños, ambiciosos y sencillos, revolucionarios o pasivos, los que resultaron cruelmente asesinados a lo largo de la dictadura de aquel ser despiadado.
Tachón tras tachón. Suspenso tras suspenso. Esperanza tras esperanza.
Y entre todos aquellos soñadores, personas que perdieron sus anhelos en un aula bajo el mismo techo que ella, yo puedo hablar del sufrimiento particular de una de ellas. Una que estudió como nunca había estudiado y que formó parte de un plan urdido desde la mentira, una espiral de farsas que la obligaron a enterrar sus sueños de futuro.
Pero todos y cada uno de esos soñadores tienen algo que la asesina nunca tendrá: el respeto de quienes les dan la razón, la conciencia tranquila como una balsa de aceite y el cariño de sus familiares y amigos.
Y la víctima de la espiral de engaños le dijo a la asesina: “Quédese en su despacho con los sueños de sus alumnos. Nosotros nos vamos a que quienes nos quieren nos den sueños nuevos”.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada